¿A dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?
San Juan de la Cruz. Canciones entre el alma y el Esposo.
jueves, 22 de febrero de 2018

Aventura

Caligrafía de emociones
Jose


Sentir que estás ahí precisamente,
es ser poseedor de confianza,
saber que tú que estás ahí, confiada,
es sentir tu confianza.
Es raíz de amistad y
fortaleza de voluntad inquebrantable. 
miércoles, 21 de febrero de 2018

Saber vivir en la incertidumbre, experimentar la certeza

Enrique Martinez Lozano


En el mismo momento en que salimos del engaño de creer que nuestra identidad se reduce a nuestra personalidad y nos descubrimos alineados con la Vida y uno con ella, se abre paso la única certeza a la que tenemos acceso: la certeza de ser, que algunos sabios han expresado en primera persona como “Yo Soy”.
Se trata de una certeza –no de otro pensamiento o creencia más, como pudiera decir quien no la haya experimentado– que es previa a cualquier pensamiento y autoevidente: no nace de la mente, sino de la vivencia directa. Pero, para experimentarla, se requiere –como dice Vicente Gallego– que “el yo haya presentado su certificado de defunción”.
Y aquí estalla la paradoja radical: solo vivimos (a lo que realmente somos) cuando morimos (a la idea del yo con la que nos habíamos identificado). La “muerte” del yo es el requisito para descubrir que somos Vida. Y, una vez descubierto, se acaban las angustias asociadas al yo y los cuestionamientos irresolubles para la mente. Se nos hace manifiesto, entonces, que la certeza no es “algo” que debamos encontrar fuera, ni que la seguridad o la confianza sean fruto de alguna otra cosa que deberíamos hallar previamente. En la visión no-dual, una vez caída la creencia errónea que nos hacía vernos como separados de lo Real, reconocemos que somos certeza, seguridad y confianza. Todo es uno con lo que es.
¿Dónde quedan ahora las angustias del yo? Indudablemente, pueden seguir ocupando su espacio en el nivel aparente –relativo o de las formas–, porque somos seres sintientes y, en el nivel sensible, todo seguirá afectándonos. Pero todo ello podrá ser acogido desde aquel otro nivel profundo donde, sencillamente, somos. Ahí se experimenta la verdad profunda que encierran las palabras de Pema Chödrön: “Tú eres el cielo, todo lo demás es el clima”.
Me gustaría terminar con una imagen a la que suele recurrir Fidel Delgado para ayudar a superar la identificación con el yo: se trata de un globo lleno de aire. Aparentemente, el globo es una entidad separada del resto e incluso parece existir por sí mismo. La realidad, sin embargo, es que se trata solo de una “forma” que está siendo sostenida por el aire, que no es diferente en absoluto del que se halla fuera del globo. Mientras se vea como globo se sentirá forzosamente amenazado y pondrá en marcha toda una serie de mecanismos para tratar de asegurarse. Sin embargo, en cuanto se reconozca en su verdadera identidad de aire, todos los miedos habrán caído. El globo explotará antes o después, pero el aire se halla siempre a salvo.
Reducidos al yo, creyéndonos desgajados de la Vida, trataremos de sortear en vano el miedo y la tensión; veremos peligro en todo lo que nos rodea; pondremos en marcha funcionamientos y mecanismos defensivos de todo tipo con los que protegernos de lo que nos aparece como amenaza… Todo será inútil: no hay “globo” que resista el paso del tiempo ni las circunstancias que le puedan ocurrir.
La única salida viene de la mano de la comprensión: no somos el globo, sino el aire que le da forma. Somos la Vida una y todo lo que nos ocurre no son sino “disfraces” que ella adopta. Más aún: solo hay Vida en diferentes e infinitas formas. La compresión –la sabiduría– nos ha conducido de las creencias a la Verdad, de la incertidumbre a la Certeza.
martes, 20 de febrero de 2018

Jacinto Benavente


En el “meeting” de la Humanidad,
millones de hombres gritan lo mismo:
¡Yo, yoo, yo, yo, yo, yo…!
¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo…!
¡Cu, cu, cantaba la rana;
cu, cu, debajo del agua…!

¡Qué monótona es la raza humana!
¡Qué monótono es el hombre mono!
¡Yo, yo, yo, yo, yo!
Y luego: A mí, para mí;
en mi opinión, a mi entender.
¡Mi, mi, mi, mi!

¡Y en francés hay un “Moi”!
¡Oh!, el “Moi” francés, ¡ese sí que es grande!
“¡Monsieur le Moi!”.
La rana es mejor.
¡Cu, cu, cu, cu, cu!

Solo los que aman saben decir ¡Tú!
lunes, 19 de febrero de 2018

El arte de acompañar

El rincón del psiquiatra
Alejandro Rocamora Bonilla
Psiquiatra

«En el reino de las mariposas, una vez el rey vio algo que relumbraba a lo lejos. Entonces quiso saber de qué se trataba. Envió una mariposa para que investigara. La mariposa fue, volvió y le dijo al rey: es la luz de una vela. El rey no se quedó tranquilo ante tal respuesta y envió a otra mariposa para que se interesara por aquello que relumbraba. La segunda mariposa fue, volvió con las patas un poco quemadas y le dijo al rey: es la llama de una vela. El rey no se quedó aún tranquilo y envió a una tercera mariposa. Esta fue pero no regresó. Solo se percibió el olor a chamusquina. La mariposa se había acercado tanto al fuego que se había quemado.»

Con este bello cuento Bermejo y Martínez (1999) sintetizan de forma magistral la esencia misma de toda relación terapéutica: el ayudador no debe relacionarse como la primera mariposa (distante, fría, sin implicación emocional), ni como la tercera mariposa (identificación masiva con el otro) sino que la postura correcta es la de la segunda mariposa: próxima pero distante. De esta manera, el terapeuta tiene en cuenta el sentimiento profundo del ayudado, pero con la distancia adecuada para no “quemarse”.

El acompañamiento terapéutico siempre supone un encuentro de dos personas: una (el usuario, cliente, paciente) que se encuentra en una situación de duda, conflicto, confusión o angustia que pide ayuda a otro (terapeuta, ayudador, counsellor) que, en principio, tiene más conocimientos y está más sano. Al menos es lo que fantasea el consultante, sea cierto o no. Esa relación, pues, es asimétrica (uno pide ayuda y el otro la ofrece) pero también terapéutica: su objetivo es la sanación del consultante. Pero además, este encuentro se produce entre dos personas, con sus biografías propias, su cultura, personalidad, escala de valores, creencias y por esto podemos concluir que el encuentro terapéutico es una relación asimétrica, personalizada y terapéutica. Este proceso presupone una técnica (conocimientos y estrategias terapéuticas) pero también es un arte, que posibilita que cada encuentro sea único e irrepetible.

Así, pues, podemos concretar dos extremos viciosos en el encuentro terapéutico: mantener un distanciamiento defensivo o una relación simbiótica. En el primer caso, el terapeuta, ante el temor que le invada la angustia, minimiza el problema o se convierte en un “perfecto técnico” falto de afectividad y comprensión. Es una relación fría y sin calor humano. Es una relación personaje-personaje. Actuamos como terapeutas pero sin contagiarnos del dolor y sufrimiento del otro. En el segundo caso, se toma la postura inversa: una fuerte identificación con el usuario, viviendo su problema como propio y constituyendo una relación simbiótica en que se difumina los límites entre el consultante y consultado.

Entre ambos extremos se encuentra el punto medio: un distanciamiento amoroso. Consiste en un saber acompañar al consultante, caminando junto a él, pero respetando sus necesidades, flaquezas y su expresión de angustia.

Como ha dicho Dell (1983) no existe la “llave de oro” que abra la puerta de nuestros problemas, sino que en cada momento, y dependiendo de la “cerradura” (persona que consulta) habrá que actuar con una llave de oro, de platino o de bronce. Lo importante pues no es el instrumento utilizado, sino conseguir el encaje perfecto entre la situación angustiosa y el ofrecimiento de ayuda. En eso consiste el arte de acompañar.

domingo, 18 de febrero de 2018

Hablando
de confianza

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena

Foto, Jesús Aguado
El pasado verano participé en un encuentro-retiro de Silencio que fue una auténtica bendición para mí. Como no creo en las casualidades, una vez más pude comprobar que en él encontré lo que necesitaba encontrar.
¿Y qué necesitaba encontrar? Más argumentos, más experiencia, más vida en relación a la actitud de confiar. Más confirmación de que es posible confiar en medio de la incertidumbre.
Hubo muchos factores que me hablaron de ello, muchos gestos, muchos detalles. Entre otros, la propia experiencia de uno de los ponentes. Cuando hay una conexión, la emoción se encarga de dejarte llevar y te sientes fluir en medio de la vida, sin necesidad de palabras ni grandes argumentos. Pero entiendes, sientes y ves. Así lo viví.
A día de hoy, él ha tenido que decir adiós a un proyecto y yo he recibido un doloroso No donde creía merecer un Sí.
Pero –me consta– él sigue confiando en la vida y, precisamente por ello, seguro que le va a ir bien; porque esa es su actitud: confiar en el devenir, fluir, aceptar que lo que venga será lo mejor, que todo es perfecto.
Y yo seguiré confiando a pesar de la decepción. Y seguiré buscando luz a pesar de haberla confundido con un mero reflejo. Y seguiré pensando, también, que todo es perfecto.
Sé que confiar, en estos tiempos, parece pura ingenuidad y me pueden tildar de tonta por ello. Sé que provocaré más de una sonrisa paternalista con esta actitud. Pero también sé –lo he dicho muchas veces– que sin confianza se vive infinitamente peor.
sábado, 17 de febrero de 2018

Día a día



Darse cuenta de esto: cada día, cada instante... ahí está el camino, ahí está todo.
Si esperamos un golpe de suerte, un ángel que nos despierte, un alud que nos transforme...estaremos perdiendo el día a día... Quizás estos lleguen, pero será en el día a día.
La verdadera esperanza es vivir cada momento.
viernes, 16 de febrero de 2018

Curso: El arte de comunicarse bien

M.ª del Camino


Dice la Real Academia de la Lengua Española que “Comunicar” es descubrir, manifestar o hacer saber algo a alguien, conversar, hablar con alguien de palabra o por escrito, transmitir señales, marcar un número de teléfono,…, etc. Estas definiciones y muchas más hace la Real Academia, y, con validez, pero… incompleta, por no tener en cuenta al interlocutor, que es parte fundamental en la comunicación.
Cuando un bebé llega al mundo no sabe hablar, pero se comunica con su madre, desde el momento en que le ponen sobre su pecho desnudo en ese contacto “piel con piel”, escucha su corazón, y reconoce la voz, que durante nueve meses le ha hablado y que ahora al sentir y reconocer, el llanto del bebé cesa porque le da seguridad, y a la madre se le escapa una lagrimita de felicidad, y, en total silencio están haciendo la más bella declaración de amor “sin palabras”.
A partir de ese momento el bebé recuerda que tocar, mirar, oler, gatear, llorar, patalear, es su lenguaje de signos y siempre nos dice algo que, además  entendemos por la gran conexión que hay con su piel, su mirada, su sonrisa, es… un todo, este es el código más maravilloso de comunicación, porque en él no fallan ni emociones, ni sentimientos. El bebé se deja sentir naturalmente.
¿Os imagináis cómo sería la vida si nos comunicáramos así de naturales?