El conocimiento y la habilidad suman, pero la actitud multiplica.
Victor Küppers
sábado, 16 de diciembre de 2017

¡¡Nieve en León!!





Por fin llegó la nieve.

Que llene de blanco toda la negrura de nuestra alma
y la envuelva en luz y claridad.

Que siga nevando
hasta colmar mi corazón de amor.

Que no pare hasta que tú y yo y todos
veamos amanecer la comprensión.
viernes, 15 de diciembre de 2017

Zapatillas

El rincón del optimista
Juan

Las velas de San Froilán, en La Virgen del Camino, son una estampa típica de la Romería del 5 de octubre.

El 5 de octubre pasado, festividad de San Froilán, me encontraba atendiendo un puesto de venta de libros en La Virgen del Camino, localidad en la que muchos sabéis se celebra cada año este día una animada y concurrida romería. En un momento dado de la mañana se me acerca un peregrino, extranjero, que me intentaba preguntar algo. Veo enseguida que es sordomudo. Quería saber si podía coger un autobús en dirección a Astorga, algo que hizo con ayuda del teléfono móvil y un poco de mímica. Le contesto que al ser fiesta no sé si pasará y parará algún autobús, mucho menos le puedo indicar horarios. Ante la evidencia de los hechos, el bueno de nuestro peregrino me pidió un favor, que si le podía guardar en mi puesto la pesada mochila mientras él iba a dar una vuelta por la romería para, entre otras cosas, comer algo y reponer fuerzas. Accedí de buena gana a su petición, consciente de que le inspiré la confianza suficiente como para confiarme su equipaje donde, de seguro y a tenor de su peso, llevaba no sólo ropa, sino numerosos recuerdos y algún que otro artículo de valor acumulado desde su partida del periplo jacobeo, quien sabe si desde Roncesvalles o más lejos aún. No profundizamos mucho en la conversación, por motivos evidentes.

Este joven caminante tardó casi dos horas en regresar junto al puesto donde vendía libros sobre la historia del siglo XX en el pueblo de La Virgen del Camino que publiqué recientemente junto a mi amiga Cristina Álvarez. Y lo sorprendente es que, cuando llegó, me hizo entrega, supongo que a modo de agradecimiento por el gesto de guardarle la mochila, de unas flamantes zapatillas de caminar o, como se dice ahora, de tracking. Me advirtió que estaban bien, que no las tirara a la basura, y que si yo no las quería, se las diese a alguien que las necesitase. Uno, que es desconfiado por naturaleza, una vez se despidió nuestro amigo siguiendo camino a pie hacia la tumba del Apóstol, que correspondí con despedida visual/manual, revisé el calzado a pesar del refrán popular que dice que ‘A caballo regalado no le mires el incisivo’. Acertaste, estaban en perfecto estado de revista. Así que, tras pasar por la lavadora, las probé pues parecían, de nuevo casualidades de la vida, que eran de mi mismo número de pie. Efectivamente, me quedaban que ni planchadas.

Pues quieres creer que desde entonces, y ya han pasado más de dos meses, casi no me he calzado otro par… Son unas zapatillas comodísimas. Camino ligero. Pero, sobre todo, me hacen sentir estupendamente por dentro, mentalmente quiero decir. Fue todo un detallazo de parte de un ángel del Camino, un ángel sordomundo a quien recuerdo muy a menudo. Doy un paso, y otro, y otro, y ya llevo recorridos así más de un centenar de kilómetros con las zapatillas que me regaló el peregrino misterioso. Yo me siento muy peregrino con este calzado aunque no camine en dirección a Santiago. Y una lección más: se puede hacer el bien, se puede ayudar a los demás sin ni siquiera despegar los labios. En silencio absoluto. ¡Buen camino!

Asín sea.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Vida

Mónica Cavallé


No es posible escapar de la Vida.
Nadie puede concebirla como algo “Otro”, distinto del mundo y de sí mismo. Somos la Vida. O, más propiamente, Ella nos es.
No hay que demostrarla; su realidad no precisa ser objeto de sesudas discusiones filosóficas ni de disputas teológicas.
Nadie puede negarla, porque es la misma esencia y realidad de quien la niega. Si no puede ser conocida como un objeto, no es por su lejanía o extrañeza, sino por su absoluta cercanía. ¿Cómo puede el pensamiento comprender Aquello que piensa en él? ¿Cómo el ojo puede ver Aquello que ve a través de todos los ojos y que posibilita y sostiene la visión?…
No es un Ideal supremo que alcanzar, porque todo está permeado por Ella; y Ella, a su vez, no tiene más fin que Sí misma.
No puede ser objeto de un credo, porque lo más evidente y directo no precisa ser objeto de fe.
No requiere de ritos que mendiguen su atención, porque nuestro rito y nuestra petición son ya de hecho una manifestación de la Vida. El único ritual que le es acorde es aquel que la celebra y que, al hacerlo, permite comprender Su íntimo sentido, porque la Vida es una constante celebración de Sí misma.
La Vida no es lo sagrado frente a lo mundano o lo profano, porque la Vida es todo y es indisociable de sus manifestaciones. El vuelo de un ave es sagrado si se sabe ver en él una expresión de la Vida. Una brizna de hierba también lo es, porque su esencia, el Tao, es inmortal. Y no es más sagrado un templo que la intimidad de nuestro dormitorio, la calle por la que diariamente transitamos o un valle sesteando al Sol, siempre que se comprenda que todos esos espacios son símbolos del único Espacio en el que todo acontece: la Vida.
miércoles, 13 de diciembre de 2017

Entrevista
a Juan David Nasio, psiquiatra y psicoanalista argentino

Revista Psicología, 2017


“Lo que cura es la relación entre un analista y su paciente”

El prestigioso psiquiatra y psicoanalista argentino Juan David Nasio, radicado en Francia desde hace casi cincuenta años, traductor al español de los escritos de su maestro Jacques Lacan –con quien se formó–, describe en qué piensa cuando escribe un libro: “En un chico joven de dieciocho años y también pienso en mis maestros”. Así lo expresa en la entrevista con PáginaI12. “Primero hay que tratar de pensar bien y luego lo difícil es escribir lo que uno piensa”, agrega. Nasio acaba de publicar un nuevo libro: ¡Sí, el psicoanálisis cura! (Editorial Paidós), en el que reflexiona sobre los aportes del método empleado en su vasta trayectoria como terapeuta, las condiciones que tienen que darse para la cura –diferenciando la noción de cura tal como se la emplea en la noción binaria enfermo-sano–, cómo debe posicionarse un analista para lograr la eficacia del tratamiento y cómo emplea su inconsciente instrumental, entre otros aspectos nucleares acompañados por los ejemplos de ocho casos clínicos. Nasio presentará su nuevo libro este sábado con una serie de conferencias que durarán toda la jornada. 
–A su nuevo libro usted lo titula: ¡Sí, el psicoanálisis cura! ¿De qué depende?
–Primero es un viejo título que estaba presente en mi espíritu y que por fin pude realizarlo. Es la experiencia que he tenido siempre de que primero que nada el psicoanálisis es un tratamiento. Freud decía que el psicoanálisis es una doctrina, un método de investigación y un tratamiento. El daba los tres elementos a la par. Yo también, pero la evolución del psicoanálisis en Francia, en Argentina, en Italia y en otros países es tal que se ha dejado un poco de lado que el análisis es primero que nada para curar y que el psicoanalista es un clínico.
–¿Es el psicoanalista el que cura a su paciente o es el paciente que logra su cura gracias a la terapia psicoanalítica?
–Es el psicoanalista que lleva a su paciente a las mejores condiciones para que se cure. ¿Qué es lo que cura en el análisis? Es la relación. Pero si yo digo: “Lo que cura en el análisis es la transferencia”, es una frase llana. Lo que cura en el análisis es la relación repetida, regular, intensa, afectiva, esclarecedora entre un analista y su paciente. Lo que cura es eso. Y, en particular, el analista tiene un rol muy especial para ayudar a la curación que es el poder encontrar al sujeto no afuera sino adentro de él. Esa es la idea principal del libro.
–¿Cómo se da cuenta usted en las entrevistas preliminares si el paciente que tiene enfrente es pasible de ser analizado?
–Lacan dijo: “El psicoanálisis es lo que se espera de un psicoanalista”. Yo traduzco esa frase diciendo: “Todo paciente que viene a mi consultorio es analizado porque yo soy analista y porque lo voy a pensar como analista”. Aunque se trate de un psicótico grave, aunque a veces ocurre que pueda prescribir medicamentos, mi actitud, mi manera de escucharlo, de recibirlo y de mirarlo es analítica porque yo soy analista. El análisis no un método que uno puede elegir a diferencia de otro. Es un modo terapéutico de un profesional que se ha forjado, se ha moldeado con ese método.
–El analista trabaja sobre todo con su inconsciente, pero no desde la pasividad, sino con una estrategia y una táctica. ¿Cómo se construye?
–Yo creo que no hay una estrategia sino una dirección de querer encontrar en el otro todo lo que es positivo en él y que lo ayude. No quiero cambiar nada en el paciente. No quiero sacarle cosas al paciente. Quiero hacer que el paciente descubra lo que él ya tiene en él y que eso al descubrirlo lo ayude. Y lo que él ya tiene en él es algo positivo. Todo ser tiene un núcleo sano muy rico. Y mi dirección es esa: revelar al paciente lo que es de él, mostrárselo y que él, al descubrirlo, esté más aliviado, que esté mejor.
–¿Cómo trabaja usted el fin de análisis teniendo en cuenta que afirma que ningún paciente se cura completamente?
–No hay ningún tratamiento ni ningún método que cure completamente y que cure a todo el mundo. Lo mejor que puede llegar una actitud terapéutica es a que el 60 por ciento de los pacientes que uno recibe se mejore. Ya el 60 por ciento es formidable. Y no podemos decir que uno cura enteramente al paciente. Yo recibo cartas que me dicen: “Dr. Nasio, muchas gracias, mi vida ha cambiado después del trabajo que hemos tenido”. O bien, pacientes que habían tenido problemas de pareja y me envían las fotos de los chicos que nacieron. Es decir, una serie de testimonios numerosos porque no son uno de tantos. Y yo pensaba que esto hay que hacerlo saber porque se piensa que el psicoanálisis es una cosa abstracta, que no nos preocupamos si curamos o no o si la persona va bien o no. El psicoanálisis no es una aventura intelectual. Estoy total y profundamente contra esta idea. No es una aventura intelectual: es un compromiso afectivo, fuerte, con una visión que es que la persona se sienta mejor. Para eso viene a verme. Yo quiero responderle a eso. Quiero ser útil. Si traduzco esto a los términos de Lacan diría que quiero ser el objeto pequeño a. Es lo mismo, salvo que en vez de decir: “Quiero ser el objeto pequeño a”, digo: “Quiero ser útil”. Quiero que el paciente se sirva de mí.
–¿Cómo se juega el deseo del analista y el amor en tanto esta creación de vínculo, afecto o lazo?
–El deseo son dos. El deseo del analista, que Lacan lo ha hecho una entidad, yo prefiero explicitarla. Y decir que hay dos deseos. Uno es el deseo de ser el objeto. Dos: el deseo de poder entrar en el otro. El deseo más ferviente es el poder entrar en el otro. En mi libro señalo que para alcanzar el nivel profundo de escucha el analista debe ante todo y sobre todo querer entrar en el mundo interior y silencioso del paciente. Esto es fundamental. En una palabra, la premisa absoluta para que nuestro paciente alcance la curación es que nosotros tengamos el firme deseo de vivir lo que él vive interiormente y despertar su propio deseo.
–En relación al tema de las depresiones, ¿cree que esta crisis de ideales y valores que vive el mundo puede afectar el comportamiento singular de un individuo y llevarlo a pensar que no vale nada?
–Sí. Primero pienso que la depresión no es una enfermedad en sí. No es una afección en sí. Es el síntoma de otra afección que se llama neurosis. Para mí, la depresión es el síntoma de la descompensación de una neurosis. Ahora bien, la neurosis comporta una ilusión, vive una ilusión excesiva de sí mismo. Tiene un narcisismo exacerbado. La depresión es la pérdida de esa ilusión de sí mismo. Yo estoy acá, trabajamos y hablamos: implícitamente yo tengo ganas de vivir, vivo y ustedes también. Y lo que nos interesa es lo que estamos haciendo. Sin darnos cuenta, estamos proyectándonos en permanencia hacia adelante, al futuro. Y tenemos la ilusión implícita, latente, de que vamos a poder, que vamos a luchar. Es nuestra ilusión de seguir, nuestro deseo de vivir. La depresión es la pérdida de esa ilusión. Efectivamente, en nuestra sociedad hay un contexto humano donde las ilusiones se pierden. No es un contexto para guardar la ilusión, es un contexto que ataca las ilusiones. Vivimos en una sociedad que se ha convertido en que hay que ser lúcido. Hay que estar siempre con el destello de lucidez y de afirmación clara de la realidad. Es como que hemos perdido esa connotación de ilusión. Por supuesto, en el caso de la neurosis la ilusión es enferma. Nosotros tenemos una ilusión que es un poco infantil, un poco adaptada. Pero aunque sea la ilusión enferma o la nuestra infantil neurótica más o menos normal, la sociedad no quiere la ilusión, no mantiene la ilusión.
–¿Qué diferencias señalaría, en términos sintomáticos, entre la depresión tal como la menciona y la melancolía?
–La melancolía es una psicosis. En cambio, la depresión no. La depresión es como una fiebre. Es el acceso de fiebre en alguien que tiene una neurosis que se descompensa. De la misma manera en que hay accesos de fiebre en una bronquitis que se agrava, la depresión es como un acceso de fiebre en una persona neurótica muy fragilizada. La melancolía no es lo mismo. En la depresión, el yo está unificado, infatuado, sufrido, está en pelea con el superyó, hay conflictos. En la psicosis el yo está roto. Hay una fragmentación. Y en la melancolía hay una psicosis que consiste en un delirio de indignidad; es decir, “yo soy un indigno y me hago un delirio diciéndome: ´Me tengo que matar, no puedo vivir. Yo he hecho cosas graves, he hecho daño a mi madre, a mi hijo, al mundo. No puedo vivir, me quiero matar´”. Eso se llama delirio de indignidad. Esto no es la depresión. El depresivo dice: “Yo soy un inútil, un fracasado, no tengo ganas de nada, no he sabido hacer, ni defenderme. No he sabido hacerme querer”.
–En relación a la depresión en los jóvenes, ¿cree que la idea de la necesidad de éxito que promueven las publicidades y los medios puede afectar especialmente a un adolescente con sensibilidad al fracaso?
–La depresión en los adolescentes, en particular, no se manifiesta de la misma manera que la depresión en el síndrome depresivo tipo, que conocemos en el adulto en particular. En el joven, la depresión se manifiesta de una manera enmascarada bajo la forma de comportamientos antisociales, agresivos y de gran susceptibilidad. Cuando escuchen hablar de un joven que está agresivo, o que es delincuente, que hace daño, puede decirse que es alguien que está triste, que está deprimido y que la depresión toma la forma opuesta de ataque y de agresividad.
–Usted señala en el libro que la tristeza depresiva esconde odio.
–Claro, exactamente. La tristeza depresiva esconde odio y, al revés, el odio esconde la tristeza. Son dos familiares, son dos hermanos la tristeza y el odio. Están muy juntos siempre.
–¿No se produce una dualidad en el depresivo que, como dice usted, tiene odio escondido pero que también siente culpa?
–Sí, claro. El depresivo tiene un odio porque ha sentido que le han hecho daño. El se inventa esa idea, él se cree que lo han herido, lo han humillado, lo han abusado o lo han abandonado. Diferentes ataques. El se considera injustamente atacado. A partir de allí va a tener un rencor, rabia contra aquel que supuestamente lo hirió. A veces no es una persona exterior. En general, son los allegados: la familia o los más cercanos. Tiene un rencor y, además, tiene una rabia contra él mismo, como una culpabilidad crítica, una autocrítica hacia él mismo superyoica por no haberse sabido defender, por no haber sabido ser fuerte, por no haber tomado la actitud más adecuada en el momento justo. Por haber sido tan débil, se ataca él mismo. Entonces, hay un rencor contra el otro y una rabia contra sí mismo.
–¿Cualquier persona en un estado depresivo severo puede llegar a matarse o sólo un psicótico puede realizar el pasaje al acto?
–Cuando alguien se mata, en general, hay allí una tendencia psicótica que ha tomado delante. Una cosa interesante de decir: el suicidio siempre es un fantasma. Cuando alguien se mata, se mata con un fantasma en la cabeza. No se mata diciendo: “Quiero morir”. Hay algunos que lo dicen. Pero, por ejemplo, supongamos un esquizofrénico que se defenestra; es decir, que va a la ventana y se tira. Cuando a ustedes les cuentan que ha habido un joven de dieciocho años que se tiró de la ventana y se mató, ustedes pueden estar seguros de que esa persona es esquizofrénica. Dígame cómo él se ha suicidado y yo le diré qué enfermedad ha tenido. Eso un psiquiatra legista lo sabe perfectamente bien. El tipo de suicidio permite saber cuál es el sufrimiento delante. Pero lo que quiero decir es que toda persona que hace una tentativa de suicidio o un suicidio efectivo siempre está animado por una idea, un fantasma o, a veces, un delirio, como el delirio de la indignidad, donde la persona tiene el delirio de que no puede vivir en este mundo.
–¿El pasaje al acto sería la defensa contra una intrusión?
–Claro, es decir, él se mata porque no puede aceptar sentir vivir. Es indigno de vivir.
–Sabe que se mata pero no sabe que se va a morir, ¿no?
–Hay varias formas. Por ejemplo, el chico de dieciocho años esquizofrénico que sube a la ventana y se tira no quiere morir. Quiere sacar el cuerpo. Es el cuerpo que lo molesta. Quiere matar el cuerpo, pero no matarse él. El delirante indigno se quiere matar porque es insoportable vivir con el sentimiento de una culpabilidad tan delirante, tan loca. Entonces, se tiene que matar para no pensar. Pero no es para morir, es para no pensar más. Y hay otros. Pienso en algunos pacientes histéricos que se matan sin querer. Mi maestro en psiquiatría me decía: “El problema de los histéricos que van a hacer una tentativa de suicidio es que no quieren morirse, quieren dormir y, sin querer, se matan”. En una palabra, toda tentativa de suicido, todo suicidio está animado por un fantasma; segundo, ese fantasma no siempre es para morir, para desparecer; en general, es para dormir, para sacarse el cuerpo en la esquizofrenia, para no sentir más la culpabilidad, como en el caso de la melancolía. Es siempre una idea que anima el acto.
–¿Se puede pensar la histeria en el siglo XXI tal como la concebía Freud o se trata de patologías que se modifican con el paso del tiempo?
–Se han modificado con el paso del tiempo. La histeria de hoy no es lo mismo que en el siglo XIX o principios del XX. La histeria de conversión significa que un estado de emoción nociva se convierte en una manifestación somática. Por eso se le llama histeria de conversión. Sin embargo, es cierto que hoy la histeria es más el problema del amor. Y hoy definimos a un histérico como el sujeto que sufre del amor. El obsesivo sufre del reconocimiento, del hacer. Y el fóbico sufre del vínculo y de la dependencia, de la presencia. Son tres problemáticas diferentes. Cuando un paciente le habla de amor, es un histérico. Cuando un paciente le habla de lo que puede hacer, no puede hacer, los problemas con el jefe, que no llega y que quisiera, es un obsesivo. Y cuando otro paciente le dice: “Ay, quiero ser autónomo y estoy cansado porque dependo mucho de mi compañera o mi compañera depende de mí”, ese es un fóbico.  
–¿En qué aspectos se puede asegurar que el psicoanálisis ha evolucionado desde su concepción?
–Yo soy un psicoanalista y siento que yo cambio y evoluciono. Y estoy contento con esta evolución porque me doy cuenta de que trabajo de un modo que no es exactamente el mismo que trabajaba hace treinta o cuarenta años. Me he modificado, estoy más elástico, más abierto, más seguro de mí mismo, más eficaz, más lúcido, comprendo mejor al paciente, lo comprendo mucho más rápido. Entiendo por qué Lacan hacía sesiones de cinco minutos. Puedo decir que no lo hago como Lacan, pero en cinco minutos sé del paciente y le puedo decir cosas esenciales porque tengo 52 años de oficio. Entonces, cuando uno tiene 52 años de oficio y ve un paciente entrar, lo mira y ya tiene una intuición. Y la mayor parte de las veces no se equivoca. Entonces, es más rápido, más eficaz, más humano también, más respetuoso del paciente, más respetuoso de su persona. En fin, yo he evolucionado. Quiere decir que el psicoanálisis también. Soy un signo del psicoanálisis. No soy el único, pero soy un psicoanalista más y me tomo como un signo de la evolución del psicoanálisis. 
–Hace diez años se realizaron unas jornadas en la Facultad de Psicología de Rosario, su ciudad natal, tituladas “Por qué el psicoanálisis aún”. Diez años después, ¿por qué el psicoanálisis aun?
–El psicoanálisis es en acto y mientras nos hable de nosotros nos vamos a interesar. ¿El psicoanálisis aun? Sí, mientras la gente, los jóvenes sobre todo sientan que el psicoanálisis habla de ellos o de él –porque esto es muy individual–, el psicoanálisis aun. Mientras los jóvenes sigan sintiendo o pensando que el psicoanálisis habla de ellos, entonces habrá psicoanálisis aún.
martes, 12 de diciembre de 2017

Las enseñas
de la naturaleza

El rincón del psiquiatra
Alejandro Rocamora Bonilla
Psiquiatra


De forma sintética, podemos decir que la gran lección que nos transmite la naturaleza es que la adaptación es el principio básico de la felicidad. Una adaptación entendida en un doble movimiento: transformación y cambio de uno mismo, y de la circunstancia que ha producido el desequilibrio y consiguientemente la angustia. Repasemos las tres lecciones mas importantes:
1.- Conseguir la armonía dentro de la diversidad: es la lección principal: la lluvia y el sol, la montaña y la llanura, el día y la noche, el frío y el calor, configuran un conjunto diverso, pero armónico. En eso consiste la felicidad: en  la capacidad de armonizar las situaciones más diversas: vida y muerte, salud y enfermedad, alegría y tristeza. Si lo diseccionamos y nos quedamos con un sólo aspecto (generalmente el más negativo) facilitaremos la aparición de vivencias adversas: depresión, ansiedad, etc.
2.- La necesidad del ritmo: en la naturaleza no existe el estrés: todo está medido y programado, incluso los grandes fenómenos climatológicos: cuando  aparece la "tormenta" después viene la calma. Deberíamos copiar  ese movimiento rítmico de la naturaleza. El hombre, por contra,  a veces no sabe parar y solamente descansa con más trabajo. Incluso su contacto con la propia naturaleza lo convierte en trabajo y en definitiva en estrés. Un ejemplo: la persona que en los fines de semana se marcha a la casa que tiene en el campo, pero no disfruta ni del sol ni del paisaje, pues tiene que podar los árboles, cortar el césped, plantar unos rosales y todo ello en un tiempo record, pues hay que volver pronto para no encontrar la caravana de regreso. Esa persona se ha puesto en contacto con la naturaleza pero lleva el mismo traje de la gran ciudad: las prisas.
3.- Todo es aprovechable: en la naturaleza no existen "buenos" ni "malos". Todo está al servicio del  universo, en general. Tanto el águila imperial, como el pajarillo del bosque, o el gusano de seda, todos son necesarios para mantener el equilibrio ecológico. Los hombres deberíamos aprender que la dicotomía  entre tontos e inteligentes, blancos y negros, amo o criado, por poner sólo algunos ejemplos,  no tiene sentido. Cada uno de nosotros tenemos una misión que cumplir en este gran universo que es la tierra: nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios para que el universo humano siga adelante. El gran reto es que cada uno de nosotros debe encontrar su sitio y comenzar a elaborar su propia felicidad, ya sea en el campo o en la gran ciudad.
lunes, 11 de diciembre de 2017

Grupo de Autoestima



Las posibilidades las tenemos, a veces están nubladas 
Amigos del grupo, quiero llamaros hermanos, queridos hermanos, porque así os siento, porque os considero un grupo maravilloso, os tengo como hermanos, me siento integrada en este grupo como en una gran familia.
Digo familia porque cada martes, ya entrada la tarde, así os he considerado, una familia en la que me sentido escuchada, me habéis tranquilizado y me habéis dado ese calor familiar que cada uno de estos días me habéis brindado todos. Todos lo habéis hecho y así lo quiero compartir y manifestar. Por estos encuentros, por estas reuniones, por haberos conocido, solo por esto ya merece la pena vivir plácidamente. ¡Que otros no se lo pierdan! ¡Aquí se aprende a vivir!
También quiero agradecer a mi gran maestro del alma y digo del alma porque cada martes de 7 a 9 me escuchabas con paciencia, atento a mis inquietudes y malestares, en esa escucha activa que hemos practicado en varias sesiones. Po esto, muchas gracias. Gracias a todos los que, aquí y ahora, habéis hecho grupo conmigo, a mi psicóloga, al Teléfono de la Esperanza porque me ha dado esperanza, ganas de vivir en paz, sin culpabilizarme, sin machacarme cada día ni en cada decisión que tomo. Tengo que seguir trabajando mi autoestima, tengo que creerme, de verdad, que las enseñanzas de cada uno de esos martes puedo aplicarlas en mi vida, soy consciente que tengo un gran trabajo por delante, pero quiero seguir avanzando. A todos, gracias porque hoy estoy aquí, en este lugar que tanta paz me está dando.
Espero poder ayudar algún día a otras personas que como yo están sufriendo, darles un aliento y que sepan, que sepamos que se puede seguir adelante. Eso ya es mucho.
Mil gracias Herminio, mil gracias compañeros de grupo, mil gracias al Teléfono de la Esperanza. Y a todos los que dudan de acudir o no saben qué es el Teléfono, yo os puedo asegurar que aquí se ama. El Teléfono es una puerta abierta a todos los que quieran traspasarla: siempre está abierta.
Ana


Hay que buscar el punto adecuado y eso lleva esfuerzo y trabajo
No conocía el  teléfono, ni sabía que existía, este verano en un mal momento de mi vida una buena amiga me dijo que si necesitaba ayuda era un buen sitio para ir a buscarla.
Fui. Llegue allí en un  estado de ansiedad considerable, no recuerdo el nombre de la persona que me abrió la puerta, pero si recuerdo que sus palabras me reconfortaron en ese primer encuentro.
A partir de ese momento esa puerta se abría para mi todos los martes a las 7 de la tarde, durante 2 horas la vida era diferente, ese grupo de personas pasó a formar parte de mi vida, una parte importante y vital, con ellos he crecido emocionalmente durante estos meses.
A todos ellos pero en especial  a nuestro coordinador quiero darles las gracias.
Muchas gracias Herminio por tu labor, por tus palabras, por hacer que hurgue en mis entrañas y hacerme ver lo que llevo dentro para poder poco a poco afrontarlo.
Por la puerta del teléfono entró una persona destrozada y en solo un par de meses esa persona es mucho más fuerte y segura, me queda mucho por hacer pero gracias a todos vosotros ya estoy en el camino. 
Soraya
domingo, 10 de diciembre de 2017

En ambiente hostil

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena

Algunas personas nacen en un ambiente hostil, donde la falta de cuidados o los abusos o la ausencia de besos y caricias configuran una infancia triste y descarnada que, sin embargo, no determina que el resto de la vida vaya a ir igual de mal. Ahí tenemos, por ejemplo, al pianista James Rhodes.

Otras personas viven infancias felices, pero en su adolescencia reciben la hostilidad de compañeros, de ambientes, de entornos asfixiantes que les va moldeando un carácter oscuro y complicado. Lo que tampoco determina que su vida se reduzca a eso. Con frecuencia se conocen casos de bullying sufrido por gente más o menos conocida.

En determinados casos, es el entorno laboral lo que se convierte en hostil. Y, así, tras un infancia y adolescencia cómoda, nos damos de bruces con un trabajo esclavizante, mal remunerado, estresante o que nos impide vivir plenamente. No hacen falta ejemplos.

Y, por último, a quien se ha librado de la hostilidad en su vida, puede llegarle la época hostil en la vejez, al verse solo o abandonado por los suyos o enfermo o dependiente o falto de cariño y atención. Ejemplos tampoco cito porque hay bastantes a nuestro alrededor.

En cualquier caso, todos pasamos por épocas hostiles en nuestra vida. Es cierto que unos más que otros, pero en general todos, en menor o mayor medida. Son etapas en las que el dolor y el malestar nos nubla los sentidos y ni vemos ni oímos ni hablamos ni palpamos otra cosa que no sea la desesperanza más acartonada y ácida.

Pero, sabemos o intuimos o queremos agarrarnos a que no existe el determinismo, a que todo pasa, a que la vida es fluir y que, al final, siempre, siempre, siempre hay luz.