Quienes pueden, pueden porque piensan que pueden.
Virgilio
martes, 17 de julio de 2018

Lo decisivo es el “desde dónde”

Enrique Martinez Lozano


Ante lo que llamamos “mal”, la mente se queda sin respuesta. Ni lo sabe explicar ni sabe qué hacer ante él. Se ve incluso incapaz de aceptarlo. Por lo que, ante ello, solo le quedan dos salidas: hundirse en la desesperanza o instalarse en la resistencia que vive rebelada contra el “mal”.
La lucha contra el mal –aun vivida desde una actitud noble y compasiva– suele esconder motivaciones no tan limpias: desde la incapacidad de aceptar la realidad como es hasta la necesidad de paliar inconscientes sentimientos de culpabilidad, desde el afán de autoafirmación en un compromiso “noble” hasta la búsqueda de reconocimiento por parte de los demás.
Cuando tomamos distancia de la mente (del yo), todo se modifica. La comprensión no nos dirá qué tenemos que hacer, pero nos situará en la actitud y el “lugar” adecuado para que la acción que brote en cada momento sea también la ajustada.
Gracias a ella nos hacemos conscientes de que lo realmente decisivo es el desde dónde: desde dónde acojo el “mal” y desde dónde brota mi acción frente a él. Si estoy identificado con el yo, lo más probable es que, tanto mi percepción como mi acción (o mejor, reacción) no consigan otra cosa que incrementar el sufrimiento y, en último término, la locura del mundo.
Únicamente la comprensión de quién soy hará posible que me viva desde la Sabiduría que –aunque mi mente no lo entienda– rige todo el proceso. Es esa misma sabiduría la que nos muestra quesomos Vida, Plenitud y Totalidad.
Eso significa, en primer lugar, que el “mal” nunca puede afectarnos decisivamente en lo que somos. Sentiremos dolor, miedo, tristeza, angustia…, porque somos seres sintientes y dotados de una rica sensibilidad. Pero, aun en medio de toda esa vorágine de sentimientos que parecen desbordarnos, lo que somos –Lo que es– se halla siempre a salvo.
Tal comprensión me capacita para acoger mi propio dolor desde la aceptación limpia, como oportunidad de aprendizaje, en una actitud equilibrada entre la resistencia estéril y la resignación paralizadora.
La misma comprensión me hace ver que todo sin excepción es la Totalidad misma desplegándose. Por lo que no caigo en la trampa de imaginar una Totalidad “al margen” o “más allá” de lo que en este mismo momento se está produciendo. Yo mismo soy –con todos los seres– esa misma Totalidad, también en este momento en que siento dolor, soledad, vacío… Todo, sin excepción, es la Totalidad una expresándose o manifestándose bajo todo tipo de “disfraces”. Carece de sentido querer encontrarme con la Totalidad después de que supere este sentimiento doloroso o aquella situación de injusticia: todo ello es ya, en este mismo instante, la Totalidad.
Lo que de ahí se deriva es una aceptación profunda, que no nace de algún tipo de voluntarismo, sino del hecho mismo de comprender que somos esa misma Totalidad. La aceptación es, sencillamente, alineación con lo Real, tal como han expresado los sabios en algunos textos que reproducía en una entrega anterior: “La esencia de la sabiduría –afirmaba Nisargadatta– es la total aceptación del momento presente”. “¿Cómo deberíamos vivir?” –se preguntaba la beguina Matilde de Magdeburgo–. Y ella misma respondía: “Vive dándole la bienvenida a todo”. San Juan de la Cruz apunta a esa misma clave: “Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”. Y el propio Nietzsche, desde un marco ideológico aparentemente bien distante, expresa así en anhelo de su corazón: “«Amor fati»: ¡que ese sea en adelante mi amor!… Y, en definitiva, y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí”. El sabio adopta la actitud que Ortega y Gasset expresara con estas palabras: “A ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante”.  Y vive la rendición lúcida que pregonaba Marco Aurelio: “Todo se me acomoda, oh Cosmos, lo que a ti se te acomoda”. La sabiduría es, por decirlo brevemente, amar lo que es.
La acción brotará también de esa misma comprensión, que me hace ver que todo otro soy yo. No será un yo que hace algo por los demás, sino la Totalidad que, en mí, se ofrece amorosa y servicial, comprometida y solidaria, a los demás. No sé lo que tendré que hacer, pero sé que se hará, a través de mí, en cada momento lo adecuado.
lunes, 16 de julio de 2018

A la luna

El rincón del optimista
Juan


En mi etapa de universitario en Madrid eran muchas las tardes, sobre todo en primavera, que camino de la facultad a casa me detenía en el Templo de Debot para disfrutar de las impresionantes puestas de sol que se observan desde esa atalaya. Ya sabes, esos edificios egipcios situados cerca de la Plaza de España que fueron donados a nuestro país por el gobierno de Egipto para evitar que quedaran inundados tras la construcción de la gran presa de Asuán.
Una de esas tardes de ocaso idílico aproveché para visitar una exposición itinerante que había montada en uno de esos bellos edificios de piedra. Y cuando bajé las escaleras de salida fui testigo de una de las discusiones más esperpénticas que recuerdo. Te pongo en situación: un policía local de Madrid y un vigilante del Ayuntamiento, ambos ya metidos en años, discutían sobre la luna; sobre el tipo de astro que es y sobre si el hombre había llegado a alunizar, pues uno lo aseguraba y el otro no se lo creía. Justo cuando me disponía a abandonar el lugar me echaron el alto los señores agentes de la autoridad:
–Oye, tú que pareces estudiado… Estamos hablando de si la luna es un planeta o un astro –me interrogó el ‘local’–.
–Ni una cosa ni la otra. Es un satélite –les respondí–. La Tierra sí es un planeta que gira alrededor del sol, pero la luna es un satélite porque gira alrededor de la tierra.
–Y que este no se cree que el hombre haya estado en la luna –continuó el agente en un tono en el que alargaba y modulaba las palabras–.
–Sí hombre –aseguré yo–, los primeros en ir fueron los americanos en 1969, aunque los rusos habían llegado antes con varios cohetes, pero sin tripulantes a bordo.
–¿Pero cómo van a haber llegado ahí, con lo lejos que está? Qué no, hombre, qué no –se enrocaba el vigilante–.
–Es que fueron de noche… –bromeé–.
No cogieron mi chiste. Me alejé de allí dejando a la pareja con aquella discusión bizantina llegando a sospechar que se trataba de una broma que me querían gastar, de esas del tipo de cámara oculta. Pero qué va, aquel encuentro breve que viví en directo fue auténtico y lo he revivido muchas veces a lo largo de los años.
Y quieres creer que pasado el tiempo he llegado a identificarme con el incrédulo vigilante del Templo de Debot y a cuestionarme, como sostienen algunas teorías de la conspiración, que lo del Apolo 11 de aquel 16 de julio de 1969, lo del alunizaje de Armstrong, Aldrin y Collins, no fuera más que un burdo engaño, una simulación realizada en unos estudios de cine retransmitida a todo el mundo por televisión, pero desde algún punto secreto de este mismo planeta Tierra. Que todo fue consecuencia de querer llegar antes a la ansiada meta en la carrera espacial que se disputaban la FKA de la URSS y la NASA de EE UU, entre Kennedy y Podgorni, y que jamás se realizó aquella travesía de 400.000 kilómetros que distan entre la Tierra y la Luna. Les achacan a los ‘cineastas’ fallaron, por ejemplo, que pusieran ondeando la bandera americana que supuestamente clavaron los astronautas yanquis en el suelo lunar, cuando se sabe que en la luna no hay viento, ni siquiera una brisa suave.
En fin, que yo prefiero seguir viendo a nuestra luna como LA SEÑORA, un elemento de decoración cinematográfico que me embelesa en las noches serenas y donde sigo viendo reflejada la mirada de la/s persona/s que se fueron de mi lado para siempre.
Asín sea.
domingo, 15 de julio de 2018

En determinados momentos

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena

Efímero. Foto Jesús Aguado

Hay momentos en los que, por distintos motivos, nos puede la ansiedad. Y entonces no podemos leer, porque no nos enteramos de lo que leemos veinte veces; ni escribir, porque no damos coherencia a los argumentos; ni colocar, porque lo hacemos tan a lo tonto que no recordamos después dónde guardamos; ni podar las plantas, porque cortamos por dónde no corresponde; ni cocinar, porque es un peligro; ni otro montón de cosas.

En estas ocasiones, a veces recurro a mirar fotografías. Y esta técnica, que me saca de la ansiedad del presente, me da perspectiva y me serena.

Veo, por ejemplo, a personas sonriendo a una cámara, que estuvieron junto a mí y hoy ya no están. Veo paisajes que me traen vivencias experimentadas en ellos. Veo situaciones de celebración que no podrían repetirse a día de hoy. Veo casas que ya no existen y objetos que se perdieron en el limbo.

Me veo a mí misma, más joven, pero no sé si más feliz que ahora.

Veo, en definitiva, el paso de los años. Y llego a una conclusión: cuánto tiempo vivido, cuántos momentos buenos y no tan buenos acumulados a lo largo de una vida, cuántos detalles, cuántas miradas, cuántas sonrisas…

Tengo la sensación de que todo ha pasado muy deprisa, de que el ritmo de mi vida ha sido ágil, de que –a pesar de intentar estar siempre en el presente, aprovechándolo al máximo– ha habido muchas cosas que se me han escapado entre las rendijas del tiempo.

Y constato –como otros lo hicieron antes que yo– que esta vida es un soplo.

viernes, 13 de julio de 2018

Confianza

Christian Bobin


La culpa es una creencia errónea, de efectos devastadores.
Solo se puede vivir desde el miedo o desde el amor, desde la culpa o desde la confianza. ¿Desde dónde vivo?
“La confianza es la base de la vida. Hay que tener un suelo por el que andar porque a veces la tierra física, la tierra psíquica, la tierra material se hunde bajo los árboles. Hay un suelo debajo del suelo, y este subsuelo es la confianza….
La confianza está siempre aquí, incluso cuando la pierdo no está muy lejos de mí. Cuando la pierdo sé que está en la habitación de al lado y que, tarde o temprano, la encontraré. Tener confianza en la vida es tener la intuición de que no se dañará a lo más querido y a aquello que no conseguimos ni nombrar. Hay que comprender que en lo profundo no estamos en peligro” . 
jueves, 12 de julio de 2018

Las dos caras
de la hospitalidad

El rincón del psiquiatra
Alejandro Rocamora Bonilla
Psiquiatra


Para el Diccionario de la Lengua Española, hospitalidad, tiene dos significados: a) acogida y asistencia a los necesitados y b) recibimiento afectuoso que se hace a los visitantes. Es decir, la hospitalidad se puede ejercer ofreciendo cariño y amor a las personas que se encuentran en dificultad y también, y la acepción más conocida, como dar cobijo y protección al viajero.
El ser humano es hostil a lo extraño, a los que piensan, sienten diferentes a nosotros, y no solamente al extranjero que viene de lejos.
El “nuevo extranjero” en nuestro mundo cambiante, no es solamente el que viene de un país lejano, sino aquel que por su situación personal, social o familiar se encuentra en una posición de debilidad o sufrimiento. Es decir, “el extranjero”, en sentido amplio, también es aquel que aunque viviendo en nuestro mismo barrio, pueblo o ciudad es “diferente” por su ideología, situación psíquica o social.
La hospitalidad, pues, no se concretiza en un espacio o en una conducta con las personas extrañas, sino que es una actitud  de acogida ante lo distinto: así, el médico puede ser hospitalario ante el enfermo, o el amigo ante su compañero angustiado, y cómo no, cualquier ser humano ante el emigrante.
En definitiva, la hospitalidad la podemos ejercer ante el débil, vulnerable, tanto a nivel psicológico como somático o social e incluso en la dimensión espiritual. Así, pues, la hospitalidad tiene dos caras: la que se ejerce con el emigrante y la que se ejerce con el débil y necesitado. Sintetizando podemos decir que actualmente existen dos personajes que pueden ser objeto de nuestra hospitalidad: el emigrante y el que sufre.
Ser hospitalario en la vida cotidiana
La hospitalidad también se puede ejercer en nuestra familia, nuestro trabajo o en el contacto con los amigos. En este ámbito ser hospitalario es observar a los demás y poner las antenas para captar sus necesidades; es anteponer la necesidad del otro a las propias; ser hospitalarios también es ser sensibles a las “dolencias del alma” del otro, no solo de sus necesidades biológicas.
La hospitalidad presupone el ofrecimiento de algo a alguien sin pedir nada a cambio, sin poner la mano para recibir una recompensa. Eso sí, el hospitalario no es un mendigo de amor (como el neurótico) sino una persona que es capaz de poner al servicio del otro su experiencia, su dinero, su saber y su tiempo.
Ser hospitalario con la minusvalía, con la carencia del prójimo, presupone partir de la propia conciencia de ser limitado; si somos dogmáticos, arrogantes y autosuficientes, podremos ayudar pero no transmitiremos hospitalidad. Esta va unida a la capacidad de renuncia por el otro, aunque por ósmosis nos sintamos enriquecidos por la respuesta del ayudado. Se produce una acción como en los vasos comunicantes: un cambio en un punto cualquiera del circuito repercute de forma potencial en el otro extremo.
La hospitalidad es ayudar al otro, por el otro sin buscar la compensación inmediata, ni monetaria, ni siquiera afectiva. La experiencia de hospitalidad  produce un sentimiento de bienestar, que no es posible describir. Ser hospitalario no se puede pesar ni medir. Se es o no se es. A partir de esta vivencia de ayuda uno descubre sus  sombras y dificultades y puede iniciar un nuevo camino en su propia escala de valores y proyectos.
En nuestra “aldea global” es imprescindible crear un contexto en que todos nos sintamos cuidados y protegidos por el otro. Es lo que se consigue con una “cultura de la hospitalidad”, que se basa en el respeto hacia al otro, o aún más, situar al otro como el eje de nuestras vidas. En definitiva, la esencia misma de la hospitalidad es lo que declara la Carta de los Derechos Humanos: libertad, igualdad y fraternidad.
miércoles, 11 de julio de 2018