La tristeza es un muro entre dos jardines.
Khalil Gibran
miércoles, 26 de abril de 2017

Gestionar los sentimientos y escuchar al que comparte

Enrique Martínez Lozano
Psicoterapeuta


El psiquiatra y psicodramatista Enrique Saracho –director de EDIREN Cooperativa de Salud (www.ediren.com)– suele decir, al hablar de los sentimientos y emociones, que son una “moneda de dos caras”. No solo no es extraño, sino más bien al contrario, que sentimientos aparentemente “contradictorios” aparezcan simultáneamente en la persona. Así, ante el mismo acontecimiento, podemos experimentar, a la vez, alegría y tristeza, amor y odio, excitación y temor…
Nuestra formación racionalista puede llevarnos a pensar que no es posible que convivan dos sentimientos opuestos; sin embargo, así es como suelen aparecer. Esa misma formación recibida nos hace también etiquetar lo que sentimos, catalogando nuestras emociones como “positivas” o “negativas”. Sin embargo, todas ellas tienen un porqué y un para qué: todas tienen una causa y todas tienen una “misión” que cumplir en nuestro proceso de crecimiento.
Comprender cómo aparecen sentimientos y emociones nos ayuda a gestionarlos adecuadamente. Si no comprendemos su naturaleza, fácilmente podemos confundirnos, culpabilizarnos, ofuscarnos… Con ello, es probable que no logremos sino añadir sufrimiento inútil y tomar decisiones equivocadas.
Aquella misma formación racionalista ha podido grabar en nosotros el mensaje de que “querer es poder”. Y que basta una decisión consciente para modificar un sentimiento. Pero no es así. Los sentimientos tienen su propia “vida”, con una dinámica y un “tempo” que no dependen de nuestras decisiones mentales. Los pensamientos podemos cambiarlos con cierta rapidez; elaborar los sentimientos hasta que se “resuelvan” suele ser un proceso más prolongado, que requiere, de entrada, mucha paciencia. Como alguien ha dicho, “los pensamientos van en avión; los sentimientos en burro”.
¿Cuáles son los pasos que ayudan en ese proceso?
Esquemáticamente, podrían nombrarse los siguientes:
  • Sentir lo que aparece en nuestro psiquismo, en lugar de “llevarlo a la cabeza” y racionalizarlo. Sabemos bien que la racionalización es un mecanismo de defensa con el que solemos alejarnos de lo que realmente sentimos. Pero tal mecanismo, inevitable quizás en un primer momento, al ocultar lo que sentimos, termina volviéndose contra nosotros: todo lo ocultado, antes o después, reaparecerá, probablemente con una carga mayor. El olvido –como la represión- oculta el sentimiento, pero no lo elimina.  
  • Nombrar el sentimiento y emoción, porque de ese modo lo delimitamos. Ya no es “algo” borroso que parece ocuparlo todo, sino un objeto bien preciso ya identificado.
  • Aceptar (legalizar) el sentimiento, otorgándonos el derecho a sentir lo que sentimos. Entre la resistencia y la resignación, la aceptación significa reconocer lo que en este momento ha aparecido. No implica que eso me agrade o no; sencillamente reconozco que está ahí.
  • Compartir lo que sentimos. Necesitamos un “interlocutor” válido –luego diré algunas condiciones que se requieren para ello- ante quien verbalizar lo que se está moviendo en nosotros. El hecho de verbalizarlo, sobre todo ante alguien “válido”, facilita que podamos tomar una distancia sana que nos hará ganar en libertad interior.
  • Elaborar todo lo que se ha removido en nosotros. Respetando su propio proceso, integramos todo lo que el sentimiento o emoción tenía que decirnos. De ese modo, ha sido para nosotros un mensajero o una oportunidad para crecer y madurar como personas.
¿Qué rasgos caracterizan una escucha válida? ¿Qué actitudes vivir cuando alguien nos comparte sus sentimientos?
También de manera esquemática, podría decirse que un interlocutor válido:
  • Escucha y no da soluciones;
  • no minimiza ni trivializa los problemas;
  • no compara con otros casos o personas;
  • no hace juicios de valor;
  • no “positiviza” la situación, porque eso implica no aceptar lo que la persona está viviendo;
  • no se altera ni se hunde por lo que escucha, porque puede hacer pie en su propia consistencia interior;
  • no está todo el tiempo pendiente de la persona: está presente y disponible pero no invade ni agobia.
Es sabia la persona capaz de gestionar sus sentimientos y emociones adecuadamente. No podemos hacer nada para que aparezcan o dejen de aparecer; nuestro poder está en el modo de gestionarlos. Y es esto lo que será decisivo en el camino de nuestro crecimiento personal.
Sabiduría se requiere también para pedir ayuda, siempre que es necesaria, y para escuchar eficazmente a quienes nos comparten lo que viven.
martes, 25 de abril de 2017

“Asamblea
en la carpintería”

El rincón del psiquiatra
Alejandro Rocamora Bonilla
Psiquiatra


“Cuentan que a media noche hubo en la carpintería una extraña asamblea. Las herramientas se habían reunido para arreglar diferencias que no las dejaban trabajar.
El Martillo pretendió ejercer la presidencia de la reunión pero enseguida la asamblea le notificó que tenía que renunciar:
–No puedes presidir, Martillo –le dijo el portavoz de la asamblea– haces demasiado ruido y te pasas todo el tiempo golpeando.
El Martillo aceptó su culpa pero propuso:
–Si yo no presido, pido que también sea expulsado el Tornillo puesto que siempre hay que darle muchas vueltas para que sirva para algo.
El Tornillo dijo que aceptaba su expulsión pero puso una condición:
–Si yo me voy, expulsad también a la Lija puesto que es muy áspera en su trato y siempre tiene fricciones en su trato con los demás.
La Lija dijo que no se iría a no ser que fuera expulsado el Metro. Afirmó:
–El Metro se pasa siempre el tiempo midiendo a los demás según su propia medida como si fuera el único perfecto.
Estando la reunión en tan delicado momento, apareció inesperadamente el Carpintero que se puso su delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Trabajó la madera hasta acabar un mueble. Al acabar su trabajo se fue.
Cuando la  carpintería volvió a quedar a solas, la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando el Serrucho, que aún no había tomado la palabra, habló:
–Señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades. Son ellas las que nos hacen valiosos. Así que propongo que no nos centremos tanto en nuestros puntos débiles y que nos concentremos en la utilidad de nuestros puntos fuertes.
La asamblea valoró entonces que el Martillo era fuerte, el Tornillo unía y daba fuerza, la Lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el Metro era preciso y exacto. Se sintieron un equipo capaz de producir muebles de calidad. Se sintieron orgullosos de sus fortalezas y de trabajar juntos.
Moraleja: Nuestra vida en grupo (familiar, laboral, de amistad, etc.) sería otra si nos fijáramos mas en lo que cada uno aporta, que en sus deficiencias. Por ejemplo: es frecuente insistir en la impuntualidad de Pedro pero no en su solidaridad, o el carácter “fuerte” de María, pero no en su sabiduría para aconsejar, o en “el mal genio” de Andrés, pero no en su generosidad, por poner solamente algunos ejemplos. Pues, así como el martillo, el tornillo, la lija y el metro todos contribuyen en la construcción de un mueble también cada uno de nosotros podemos poner nuestro “granito de arena” en hacer una familia más sana, un trabajo mas saludable o una reunión de amigos mas festivas. ¡Hagamos la prueba!
lunes, 24 de abril de 2017

Taller de Mindfulnes

M. Carmen Gutiérrez


Suerte
La palabra dice.
La palabra manda.
La palabra siente.
La palabra te insulta y te ensalza.
La palabra te envuelve.
en torbellinos frenéticos sin poder atajarla.
Alguna palabra se esconde
dale en la nuca para que cante.
Qué suerte haberte conocido Carmen, gracias por haberme permitido descansar… Por el tiempo que espera la luna nueva…, el canto rodado…, un puñado de flores…, por la pintura azul que cubre el espejo por detrás para poder mirarme…, por ese caramelo…
Cuando escucho el silencio, noto amplitud a mí alrededor.
Cuando la tierra no se muestra agresiva y los océanos están en calma plena, o la quietud de la noche me invita a estar en lo absoluto…, es hermoso…
En las frías o calurosas mañanas me levanto, me pongo la ropa usada, calzo las zapatillas…, salgo a la calle y  trago a dentelladas frías o calientes todo el ambiente pesimista de la ciudad…
Cojo fuerte el sentimiento de amor, lo coloco en su sitio y lo presto al salir a la calle. Siento un saludo amable, una sonrisa feliz, una mirada limpia…, y al cruzar la esquina… ¡Eh! ¡Por ahí no, al dar la vuelta!…  Se paran los coches…, un pájaro de colores se posa en mi hombro…, las moscas no están pesadas…, no hay barreras…, los niños van alegres a la escuela…, los padres se abrazan…
Sentimiento de amor
¿Dónde está la sabiduría permanente?
¿La inmensidad perpetua?
¿La mente universal que todas las civilizaciones han querido atrapar?
¿Dónde está?
domingo, 23 de abril de 2017

De cerca

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena
De cerca las cosas no son lo que parecen. Las personas, tampoco. Y las palabras, menos.
De cerca, aquello que parece bonito nos puede decepcionar o maravillar aún más. Las personas que nos resultan interesantes pueden crecer en interés o caer por los suelos. Lo hermoso volverse vulgar y lo insignificante llenarnos de alegría.
De cerca, la magia del misterio deja de ser tal y se convierte en simple realidad, sin adornos deslumbrantes ni florituras añadidas. Se aprecian los detalles, los gestos, la hechura… y se descubre aquello que no se percibe en la lejanía.
De cerca, nos miramos, nos tocamos y nos sentimos. Por ello es tan difícil pronunciar esas palabras rimbombantes que algunos acostumbran a soltar. Porque hablar sabemos todos. Pero hablar mirando a los ojos, no tantos.
Llaman mi atención esas personas que hablan, juzgan y deciden por los demás desde la distancia, pero luego son incapaces de expresar eso mismo ante los afectados directos, buscando para ello validos o incautos, dando rodeos o, simplemente, no dando la cara ni la mirada ni la palabra. Se escudan en que no tienen tiempo, en que otros lo hacen mejor, en que no es su función, en que se les ha malinterpretado…
Tengo la “suerte” de ser miope, con lo cual no me fío mucho de lo que capto de lejos, pero no suelo perder detalle de lo que me rodea de cerca. Y digo suerte porque esto me ha enseñado a no hablar de lo que no conozco bien, a no decidir hasta que no veo claro y a saber esperar.
Que todo llega y, repito, no siempre es lo que parece.
viernes, 21 de abril de 2017

Entrevista a Laurence Freeman

En La Contra de La Vanguardia, 2017.
“Dé más tiempo al ser y menos al hacer: vivirá mejor”.
Laurence Freeman preside, con el Dalái Lama, la Comunidad Mundial de Meditación Cristiana.
“Tengo 65 años: temo cumplir cada década, pero luego la celebro. Nací en Londres, aunque me siento cada día más irlandés, como mis padres. El evangelio es neurociencia con Marta, el hemisferio izquierdo, y María, el derecho. Para disfrutar de la vida recuerde que se acaba. Enseño meditación en Esade”.
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Del ego al universo
Cada vez más entrevistados me citan aquí las virtudes del mindfulness, como si fuera la última moda llegada de Oriente. Pero Laurence Freeman, que viene de Oxford, explica que ni es moda ni es oriental. Se trata de un regreso a las técnicas de higiene mental y concentración que dominábamos en Occidente hasta que fuimos relegándolas a los monasterios. Nos privamos así durante siglos de una gimnasia cerebral imprescindible para el bienestar. Reduce ansiedad, estrés, hiperactividad y ayuda a gestionar el exceso de ego con el que tratamos de compensar otras deficiencias. Con ese autodominio se llega a la meditación con la que sentirá que su yo es el de todos. Es dejarse ser hasta sentirse todo y nada con el universo.
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Desde chefs hasta futbolistas: todos hablan del mindfulness. ¿Usted se alegra?
Me alegro por ellos. De ­hecho, no es ninguna moda, sino un regreso, porque con estas técnicas no hacemos sino reintegrarnos a una tradición que habíamos perdido.
¿Por qué y cuándo las perdimos?
Los primeros cristianos recitaban mantras de relajación y concentración para lograr la presencia plena, pero en Occidente esas técnicas se fueron olvidando y nuestro rezo se volvió más cerebral. Excepto en la Iglesia bizantina, que los conservó y aún los practica.
Y aún rezan con salmodia hipnótica.
En cambio, en la Iglesia romana, la contemplación fue relegada a los monasterios para los místicos y fuera de ellos acabó siendo considerada algo sospechoso. Así se perdieron las técnicas paleocristianas de control mental.
Pues la verdad es que son pura higiene.
Por eso yo las enseño ahora a los no creyentes igual que un hospital católico también atiende a los ateos cuando se rompen un brazo. A algunos budistas les preocupa, en cambio, esta perspectiva tan práctica y la generalización de su enseñanza y su uso.
¿Por qué?
Porque también puedes aplicar esas técnicas de concentración y atención plena para ser mejor corredor de bolsa o mejor francotirador en la guerra. Dominar la focalización puede servir a los peores fines.
O ser un inocente ibuprofeno sin pastilla.
Por eso yo empezaría por diferenciar entre los beneficios y los frutos del mindfulness. Y después ya hablaremos de trascendencia.
¿No es lo mismo?
Los beneficios medibles de esas técnicas no son trascendentes, sino inmediatos y patentes: disminuyen la tensión arterial, mejoran el sistema inmunológico y la salud cardíaca, reducen la ansiedad y el estrés…
¿Se logra todo eso solo con meditar?
Solo con técnicas de concentración y respiración. Después llegan, además, los frutos. Tengo un alumno que estuvo en una guerra como marine y me dijo que era ateo. Repuse que no había ningún problema. Que viniera a aprender a relajarse con nosotros.
¿Funcionó?
Como buen ex-militar, era un tipo disciplinado, sí, y fue capaz de imponerse la media hora diaria de concentración al salir el sol y al ponerse, que son las mejores horas.
¿Y…?
Su mujer le pidió que siguiera practicando mindfulness porque, desde que meditaba, la escuchaba. Antes, cuando ella le hablaba, miraba el móvil, la tele o el diario, pero no a ella.
De marine a santo varón.
Yo diría solo que ahora es mejor marido y su mujer también será mejor con él. Además de los beneficios, esos son los frutos del mindfulness: te hace más paciente, tranquilo, agradable, sensible, empático. Y los demás lo notan.
¿Se puede ir más allá?
El mindfulness es una técnica con la que profundizas en ti mismo y mejoras tu autoconocimiento y autoaceptación. Así sirve de preparación para la meditación trascendental con que la conciencia empieza a expandirse y a tomar contacto con algo mayor que uno mismo.
¿Eso ya es una religión?
De nuevo, no necesariamente. Es una tradición, eso sí. Y una experiencia renovadora con la que ves el mundo ya no solo desde ti mismo, sino desde el tú y el todos hasta llegar a disolverte en una especie de conciencia universal. Y no es fe: es praxis. Lo vives.
Parece usted muy convencido.
El cristianismo se muestra, así, universal. Cuando Jesús dijo “que tu mano derecha no sepa qué hace tú izquierda”, hablaba de los dos hemisferios del cerebro.
¿Era neurocientífico avant la lettre?
Exacto, porque el hemisferio izquierdo es autoconsciente: analiza, elucida, categoriza; y el derecho es intuición, contemplación y está en el flujo de los acontecimientos en presente continuo. El equilibrio se consigue al conectar ambos hemisferios y la meditación ayuda a conseguirlo.
El evangelio, manual de neurociencia.
También en el episodio de María y Marta: ¿recuerda usted que una contemplaba el mundo con Jesús, mientras que la otra se preocupaba de las tareas de la casa?
Una agobiada y la otra gozando.
Jesús le dice: “Marta, Marta, te preocupas (es la ansiedad) de demasiadas cosas cuando solo una es necesaria, y es que tú y tu hermana estéis en armonía”. Jesús se refiere así a la unión del cerebro racional y el contemplativo.
Una exégesis hermosa, padre, pero ¿no es un punto arriesgada?
En absoluto: es el evangelio y nos anima a beneficiarnos de la conexión del hemisferio racional y el contemplativo. Nos anima a meditar. Ese es su sentido.
¿Solos o en compañía?
De los dos modos, aunque nosotros preferimos ayudarnos en grupo a meditar. Y con niños: es increíble lo rápido que los pequeños conectan de forma instintiva con la técnica y aprenden a concentrarse en el cole y la vida.
Ojalá gocen de una comunidad relajada.
Pues eso debería ser el cristianismo. Basta con veinte minutitos dos veces al día, o empiece con lo que sea capaz. Ya verá.
jueves, 20 de abril de 2017

Permítete brillar

Pax Vostrum
Beatriz


¿Sueles brillar a menudo? ¿Te permites ser tú? ¿Conoces tus dones y talentos, dejas que se vean y los pones al servicio de los demás?
La mayoría de nosotros no lo hacemos por miedo a exponernos, por miedo al qué dirán, por miedo a no gustar, por miedo a que se rían de nosotros, por miedo a que nos critiquen y juzguen, por miedo a destacar, por miedo a sobresalir, por miedo a ser diferentes a los demás y por lo tanto, a no ser aceptados.
Es tal el miedo que sentimos que nos impide ser nosotros mismos, nos impide llegar a ser todo lo que somos en realidad, nos hace empequeñecernos y no nos deja ser libres, auténticos y espontáneos.
Últimamente se habla mucho del Síndrome de Solomon, que tiene que ver con todo esto que te acabo de contar.
Fue Solomon Asch, un psicólogo estadounidense, el que acuñó este término gracias a su famoso experimento de Asch 
Ash dice:  “La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría”.                                                                                         
El Síndrome de Solomon  define el fenómeno a través del cual, la presión social y el grupo nos lleva a decir y hacer cosas que no somos ni pensamos por miedo a diferenciarnos del resto, por miedo a que nos juzguen y critiquen, a que nos rechacen,  a que se rían de nosotros, a hacer el ridículo, etc…
Esto es algo que podemos ver y sentir muy a menudo: en nuestras familias, cuando íbamos al colegio, en el instituto, en la universidad, en algún grupo social al que pertenecemos, en nuestros trabajos…
La mayoría… el grupo social… lo “normal”… ejerce una gran presión sobre el individuo.
Somos capaces de cambiar nuestras opiniones y  nuestros comportamientos sólo para encajar con los demás. En nuestra sociedad, además se ejerce mucha presión social sobre los que sobresalen por sus dones y talentos, por su disciplina y esfuerzo, por su aspecto físico, por su sabiduría, por sus valores, por sus resultados…
Si sobresalimos, podemos ser diferentes, no vamos a ser uno más, podemos despertar envidias en otros que empezarán a juzgarnos y a criticarnos, dejaremos de pasar desapercibidos, tendremos que responsabilizarnos de lo que decimos o hacemos, tendremos que aguantar críticas…
Ser uno mismo no es tarea fácil. Requiere de valentía y coraje.
¿Cuántas veces has dejado de mostrarte tal como eres por temor a que tus dones y talentos, tu aspecto, tus logros, tu sabiduría, etc… moleste a los demás? ¿Y cómo te sientes después de hacerlo?
¿Conoces la fábula del burro y la familia?
Te pongo esta viñeta que resume muy bien la misma. Va sobre una familia compuesta por un matrimonio y un burro que los acompaña, que está buscando un lugar en el que quedarse a vivir, pero no les vale cualquier sitio, quieren un lugar en el que sus vecinos los acepten y quieran tal como son.  Pasan por cuatro pueblos diferentes y a su paso estos son los comentarios que escuchan…


“Hagas lo que hagas te van a juzgar”, así que haz lo que te dé la gana.  
Como ves, la familia en todos los pueblos por los que pasan son juzgados y criticados. Da igual lo que hagan, da igual que cambien de manera de “funcionar” que siempre va a haber alguien a quien no le guste.
Este miedo a mostrar lo que somos, trae consigo mucha frustración y falta de realización personal.
Para acabar te comparto un texto de los que yo llamo de nevera, texto que procuro recordarme a menudo para que no se me olvide:
“Nuestro miedo más profundo no es no ser capaces.
Nuestro miedo más profundo es que somos enormemente poderosos.
Es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que más nos asusta.
Nos preguntamos, quién soy yo para ser brillante, atractivo, talentoso, fabuloso.
En realidad, ¿quién eres para no serlo? 
El ser pequeño no sirve al mundo.
No hay nada de sabiduría en encogerse para que otros no se sientan inseguros cerca de uno.
Y esto está en todos y cada uno de nosotros.
Estamos predestinados a brillar, como los niños lo hacen.
Y cuando dejamos que nuestra luz brille, inconscientemente permitimos que otros hagan lo mismo.
Al liberarnos de nuestros propios miedos, nuestra presencia automáticamente libera a otros.”
Marianne Williamson “Volver al amor”. Aunque esta es la autora, este texto se ha hecho muy famoso porque Nelson Mandela lo pronunció en su discurso de investidura como presidente de Sudáfrica.
Un abrazo fuerte y recuerda permítete brillar.  Me encantará que dejes tu comentario.