
Bilbo Bolsón fue de niño un hobbit atípico, que se salía de los estándares de normalidad de la Comarca por su curiosidad, inquietud y espíritu travieso, pero se aposentó con la edad. Gandalf se lo encontró sentado a la fresca, a la entrada de su madriguera, fumando una pipa tranquilamente, haciendo tiempo entre una comida y otra, deseoso de noticias y comentarios del exterior sin necesidad de experimentarlo de primera mano. Alguien que define las aventuras como «¡cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena!».
Cuando algo nos parece fuera de
nuestro alcance nos autoconvencemos, como Bilbo o como la zorra de la fábula,
de que las uvas están verdes, para justificar la renuncia a nuestros deseos
profundos como si no merecieran la pena, en lugar de reconocer que se trata de
puro pánico a enfrentarnos a lo desconocido, a fracasar, a sufrir.
Afortunadamente para Bilbo, se había topado con un sabio mago que supo ver lo
que había tras su apariencia anodina y convencional, incluso tras su rechazo
vehemente a salir de su rutina, y no le hizo ni caso.
Cuando un tiempo después
aparecieron en Bolsón Cerrado Thorin y su compañía de enanos para contratarle
como “saqueador”, Bilbo se sintió sobrepasado y confundido. ¿Por qué el mago,
después de haberle dicho claramente que no quería saber nada de aventuras, le
había sumergido en medio de una? Si él no sabía, no podía y no quería… Es fácil
que uno no se reconozca a sí mismo, tan convencido está de que lo que los demás
esperan de él es o debería ser su personalidad y su forma
de actuar. Pero las expectativas de los otros no son la medida de nuestra
valía, ni de nuestra vocación, aunque solamos andar engañados.
La diferencia entre Bilbo y
alguno de nosotros es que él dio un salto de fe. Y a pesar de sus miedos y sus
dudas, y de sentirse un impostor, se
puso en camino y el curso de los acontecimientos justificó la confianza que
Gandalf depositó en él, pues fue capaz de enfrentarse con éxito al dragón
Smaug, a los trolls, a las arañas gigantes, de ayudar a sus compañeros a
escapar de las mazmorras del rey elfo Thranduil, de convertirse incluso en
portador del Anillo Único. Esas cualidades a las que nadie daba valor, ni
siquiera él mismo, le convirtieron en un héroe improbable y peculiar, pues su
pequeñez le dotaba de invisibilidad, su aparente indefensión hizo que sus
enemigos le infravaloraran, su sentido común le impidió caer en la arrogancia o
la avaricia a las que otros más poderosos sucumbieron, su lealtad le hizo
encontrar coraje para defender a los suyos…
¡hasta su habilidad con las adivinanzas le salvó la vida!
El sabio Gandalf advirtió a Frodo
de que «es peligroso cruzar
tu puerta. Pones tu pie en el camino y si no cuidas tus pasos, nunca sabes a
dónde te pueden llevar». Seguir los impulsos del corazón
conlleva riesgos, pero renunciar a ellos significa perder el sentido de vida,
la excitación creativa, el impulso para enfrentarse a nuevos desafíos que
conducen a una vida plena y satisfactoria, a pesar de las dificultades y los
errores. Y, efectivamente, no sabemos hasta dónde podemos llegar, que suele ser
mucho más lejos de lo que nunca soñamos.
Bilbo regresó a la tranquilidad de su
tierra, con su familia y sus amigos, pero distinto. E influyó en que jóvenes hobbits, como Frodo, no se quedaran encerrados
en su pequeño mundo. Él bien sabía, por propia experiencia, que «solo hay un
camino y es como un río caudaloso, que nace en el umbral de todas las puertas,
y todos los senderos son ríos tributarios». También tú estás sintiendo la
llamada en tu corazón. No la desprecies, ni la temas, ni la ahogues, ni la
escondas. Seguirla te supondrá molestias e incomodidad pero más duele traicionar
a esa voz interior y dejar morir de inanición hermosos proyectos, que podrían
haberse convertido en fecundas realidades.