En mi último viaje a Granada experimenté en mis carnes cómo la subida por la cuesta del Realejo, camino a la Alhambra, se puede convertir tanto en un ascenso al monte Parnaso o una escalera a la Gloria como en un Vía Crucis, dependiendo de lo que te vayas “contando” por el camino.
Si en la cabeza tienes un melodrama, en el que vas alternando los papeles de víctima de los acontecimientos y de villana perversa, porque te sientes atrapada en una situación familiar, personal o profesional difícil, es fácil arruinarse un día lleno de posibilidades. Pero si en lugar de regodearte en el remordimiento de no estar en ese momento trabajando, cuidando, apoyando… cultivas otros géneros literarios, como la loa de los que son o han sido los sostenes de tu vida o el panegírico de tus logros, buenos deseos y anhelos desinteresados, la brisa parece más fresca, la sombra más amplia. Y el impulso para subir surge del propio descanso de las piernas al pararte a contemplar el amplio panorama que queda a tus pies.
También te puede dar por experimentar con el género de las Lamentaciones, a lo Jeremías, con la atención centrada en la fatiga física o moral. A veces, hasta te sientes responsable del malestar de quien viaja contigo, preguntándote si no tendrás que ver en su resfriado porque te pasaste con el aire acondicionado o la víspera decidiste caminar sin rumbo, en plan poeta romántico, perdiéndote por las calles de Granada, lo que supuso a veces escalar empinadas cuestas a pleno sol por lugares sin encanto. Pero esa es la diferencia entre el viajero y el turista, aunque sea infinitamente más cómodo contratar un free-tour y a veces te preguntes si no te convendría más consultar una guía de viajes que enfrentarte a vivir una novela de aventuras.
Optar por un relato a lo James Joyce, más centrado en los pensamientos que en la acción, te puede llevar dar mil vueltas a todo: si has escogido el camino más apropiado, si vas a llegar puntual a las taquillas, si la entrada que contrataste será la mejor o te va a defraudar, si no te va a dar tiempo a ver todo lo que quieres, dónde vas a comer, será caro o barato, estará rico… Y mientras tanto te vas perdiendo lo que pasa, sin disfrutar de las figuras que dibuja el empedrado de cantos rodados del Darro y el Genil, las plantas en flor, la sorpresa y el arte, como si llevaras anteojeras, sin regodearte en la descripción del ahora y sus detalles maravillosos.
No hay nada que arruine más el clima de terror o dramatismo de una película que hacer visibles los trucos normalmente ocultos. Sin música tenebrosa o trasluciéndose tras el disfraz del terrible monstruo el artefacto mecánico, las mismas imágenes que antes te conmocionaban ahora te dan risa. De la misma forma, observar tus pensamientos con distancia hace visibles las “trampas” de la mente y es más fácil no exagerar los problemas, ni permitir que nos invadan los sentimientos trágicos. No hay como el sentido del humor para aligerar las cargas psicológicas.
Y al final llegamos a la Alhambra, como los peregrinos a Santiago. Y lo que cada uno encuentre allí depende en gran manera de cómo llegó y por qué. Yo decidí disfrutar al máximo del Generalife y los palacios nazaríes, que eran mi “aquí” y mi “ahora” en ese momento, descansando en el presente. Y cultivar la lírica contemplando los jardines y las fuentes, y la recreación histórica evocando tantas vivencias y culturas del pasado que salían a mi encuentro. Lo que me confirma que se puede mantener una actitud “viajera” a dos metros de casa o ir al fin del mundo sin salir de tu propia mente.