Aunque nunca me haya interesado el “bricolage de la muerte” y no haya empleado ni un minuto pensando cómo utilizar motores, cuchillos, cuerdas, explosiones de gas o la fuerza de la gravedad para acabar con mi vida, sí he estado convencida en algún momento de mi existencia de que aquí estorbaba más que hacía y que la mejor solución para todos era quitarme de en medio. Lo que pasa es que delegué en Dios el ser la mano ejecutora. Prefería un tránsito rápido y repentino, pero incluso estaba dispuesta a asumir una penosa enfermedad o un accidente grave si esa circunstancia me hacía siquiera un poquito más digna y menos despreciable a mis ojos. Por eso no me cuesta nada empatizar con los suicidas, pues comprendo su lógica.
Que una media de once personas diarias hayan renunciado a vivir en el último año en España me entristece, pero no puedo decir que me sorprenda. ¿Quién no se encuentra con problemas en su día a día, a veces grandes, de salud, trabajo, familia, desamor, soledad, acoso, dinero…? No hemos solido recibir una “educación sentimental” y nos enfrentamos a esos retos con unas armas muy precarias, sin estar entrenados en reconocer y afrontar las emociones, ni en controlar unos pensamientos malignos que se regodean en presupuestos nunca demostrados.
Y sin apoyos eficaces. Cuando alguno te pide, incluso con insistencia, que le cuentes qué te pasa, pero notas cómo arruga la nariz con repugnancia en cuanto comienza a salir el tufillo rancio del sufrimiento por los resquicios abiertos, te vuelves a cerrar herméticamente y de forma inmediata, como una ostra. ¡Ya solo te faltaba que “los tuyos” te den la espalda porque les resultas “tóxico”, les quitas energía y les hundes la moral! Mejor fingir que te sientes genial o, al menos, que lo llevas bien, aunque tu risa se parezca sospechosamente a un sollozo.
Tampoco es que te quieran dejar de lado, es que cuesta mucho sostener el dolor ajeno, especialmente si no dispones de herramientas y no sabes cómo actuar. La mera sensación de incapacidad para hacer desaparecer el sufrimiento de un ser querido ya genera culpa y frustración a raudales. ¡Si simplemente hubiera sabido entonces que bastaba con quedarme allí escuchando, tranquila y en silencio, sin mostrar incomodidad ni pretender “arreglar” todo con tres frases: no exageres, pon de tu parte y échale ganas! Lo que uno necesita en ese momento es comprensión, aceptación incondicional, cariño, respeto y confianza en él, pero lo que se suele encontrar son consejos-órdenes con lo que te parece correcto, oportuno, funcional (y evidente), dejando traslucir en el tono tu creencia de que si no los sigue es porque no le da la gana resolver el “problema” o para fastidiarte a ti, así que “merece” que le acabes dejando por imposible.
He descubierto que las razones para vivir son personales y cada uno tiene que encontrar las suyas. Y que cuando estamos trastornados nos cuesta distinguir la realidad de aquello que pensamos acerca de ella y conectar con lo más profundo de nosotros mismos, porque las lluvias torrenciales, los huracanes o las nubes de cenizas en el cielo enturbian la visión. Pero cuando se toca fondo hay dos opciones: dejarse morir o decidir vivir. Si se elige lo segundo emergen la motivación y los medios como si fueran un milagroso salvavidas, y el propio suelo te sirve para tomar impulso ascendente. Si tú solo no puedes, busca la ayuda de personas que se te ofrezcan como un espejo limpio y calmo, donde puedas contemplarte y descubrirte a ti mismo sin prisas, sin presiones, sin expectativas, con dulzura. Y ábrete a la vida, ten fe en que aún te tiene reservados infinidad de regalos, la mayoría pequeños y cotidianos, pero coloridos, dulces y sabrosos como frutos del bosque.