sábado, 13 de mayo de 2023

sábado, 13 de mayo de 2023

El justo medio

Vivir para contarlo
Ana Cristina López Viñuela

“¿Qué hay que hacer?” es una frase muy repetida en mi familia, que acude recurrentemente a mis labios de forma inconsciente. La respuesta parecía fácil cuando en mi mente primaba el simplista ideal de perfección moral de las dos vías: la vereda angosta y áspera que conduce a la cumbre, frente al camino ancho y carretero que lleva al abismo. Solo tenía que escoger la opción más difícil y que más me repugnara para “acertar”. Pero acabé descubriendo que optar por lo más desagradable es, sin duda, garantía de amargura, pero no de virtud. Y también que disfrutar de los momentos dulces no es perverso en absoluto. Incluso comprendí que no hay solo dos caminos: el bueno y el malo.

Pero el “camino del medio”, del que hablan los budistas, no aparece claramente trazado. Esa “moderación”, que tanto he admirado en otros, he observado que a veces no manifiesta mayor dominio de uno mismo, sino que esa contención puede proceder, simplemente, de un temperamento flemático, del miedo, de la necesidad o de la vergüenza. Y no me parecen ahora cualidades envidiables ni la hipocresía de mostrarse con una fingida imagen de autocontrol, ni la frialdad de personas sin alma. Me llama la atención que Buda entienda la indiferencia como un obstáculo para alcanzar la ecuanimidad, no como un objetivo, y que tampoco considere deseable suprimir las emociones, sino solo “estar presente en el placer sin apego y en el dolor sin resistencia”. Sentir sin identificarse con las sensaciones, ni con los sentimientos, pero con intensidad y hondura, sin convertir la existencia en una letárgica y apática espera de la muerte.

Decía William Blake que “el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”, y como el escritor no era precisamente un tarambana que quisiera disculpar sus juergas, creo que se refería más bien a que la medida de lo que es justo la tiene que establecer cada uno, jugando con sus límites, lo cual significa traspasarlos de vez en cuando. Como él mismo dice: “nunca sabrás qué es suficiente a menos que sepas qué es demasiado”. Me resuenan poderosamente esas palabras, que hablan de vivir sin miedo, de libertad, de aprender experimentando en carne propia… en lugar de buscar la seguridad de obrar “bien” encajando en patrones establecidos por otros y de castigarse con la culpa cuando se transgreden normas de comportamiento ajenas.

Aristóteles preconizaba que la virtud ética es un hábito de elección que conduce a optar por el equilibrio entre dos extremos viciosos. Pero ese “justo medio” dependía de la persona, del momento y de la situación, pues un mismo acto, por ejemplo, podría considerarse “cobarde”, “valiente” o “temerario” dependiendo de la capacidad del que lo realiza y de sus posibilidades de éxito. Enlazo esto con otra frase de Blake, “ningún pájaro vuela demasiado alto si vuela con sus propias alas”, porque creo que la determinación del justo medio es personal. No hablo de caer en la trampa de la autocomplacencia, sino de sentirse en libertad para obrar alineado con los propios valores, sin sentirse paralizado por el miedo a la posibilidad de equivocarse.

Intuyo que el correcto actuar procede de dentro, del guía interior, de esa corriente de sabiduría que todos llevamos y a todos sostiene y trasciende,  que es el fiel de la balanza. Pero como en cualquier “romana”, antes de estabilizarse por un momento en una justa y exacta quietud, se tambalea unos instantes en un equilibrio inestable, que es parte del proceso de medida y al que no hay por qué temer, ni odiar, sino agradecer. Porque tanto quedarme corta como pasarme me ofrecen una oportunidad excelente para ajustar el contrapeso, a fin de que mi proceder sea la expresión auténtica de mi ser.