Hay quienes acumulan cientos, miles de cosas inservibles “por si acaso algún día hicieran falta”; y hay quien vive con lo justo, necesario e imprescindible. Unos viven de forma austera, “al día”, al momento, sin que les agobie el futuro; otros acopian en su casa (cochera y trastero incluidos) todo tipos de cachivaches supuestamente útiles, pero que a la postre saben que no son más que basura. Se almacena una gran cantidad de pertenencias sin valor real. Y cuantas más son, más complicado es desprenderse de ellas.
Se tiende a guardar todo lo supérfluo, lo que realmente no nos sirve para nada. ¿Por qué tenemos ese apego a todo lo material? Lo que compramos nos lo han metido previamente por los ojos, nos lo han vendido con esa publicidad agresiva y machacona, porque es algo buenísimo, estupendísimo, cuando tenemos la certeza moral de que moriremos sin llevarnos nada, nos iremos como nacimos, “ligeros de equipaje”.
A esta especie de obsesión por acumular gran cantidad de materia y hasta de desperdicios domésticos, los doctores le dan el nombre de Síndrome de Diógenes. Dicen que es un abandono personal y social, un aislamiento voluntario en el propio hogar, que afecta, por lo general, a personas de avanzada edad que viven solas. Esta denominación hace referencia a Diógenes de Sinope, filósofo griego que adoptó y promulgó hasta el extremo la independencia de las necesidades materiales. Se emplea esta denominación porque Diógenes solo portaba consigo lo estrictamente necesario y, por lo tanto, coincide con la conciencia de las personas que creen que todo lo que guardan es o será también ‘necesario’ en algún momento. Ese auto abandono y falta de higiene no solo hace que se guarde lo que se posee, sino que además se sale a la calle a buscar otros objetos ajenos, es decir, más basura.
Todos somos un poco Diógenes, pues guardamos ropa que ya no vestimos o revistas que leímos y que no volveremos a hojear. No te digo ya desde que entramos de lleno en la era del plástico y en el mercado del ‘usar y tirar’. Nuestra forma de almacenar se ha trastocado por completo, más en las personas mayores. Es una realidad social el hecho de que cada vez hay más gente mayor que vive sola y cada día nos encontramos con casos de ‘herederos’ del filósofo griego. Yo he entrado recientemente en una casa de una familia que creo que corresponde o al menos se acerca a este patrón, sin embargo ninguno de sus integrantes debe sentirse muy incómodo con ese estilo de vida. Salón, pasillo, cocina, baño... todo absolutamente repleto de objetos y de bolsas en principio ‘utilizables’, sino imprescindibles. ¡Qué agobio! Ni me lo imaginaba, porque no me parecía que pudieran dar el perfil.
Una de las explicaciones de los psiquiatras a este síndrome es el miedo a la pobreza. Personas que en su momento pasaron verdadera necesidad material y que, pasado el tiempo, han logrado desenvolverse o sobrevivir económicamente, por lo que temen volver de nuevo a las andadas. Mejor prevenir… Ni tanto.
Aquí va el consejo: ante la acumulación de todo lo material que guardas por si acaso (y aquí incluyo fotos, vídeos, mensajes, bolígrafos gastados…) lo mejor es soltar lastre, quitarse parte de la mochila, aligerar peso y practicar verbos como estos: despoja, desposee, retira, desaloja, suprime, elimina, extrae, abandona… Ganarás espacio y andarás más ligero en todos los sentidos.
Asín sea.