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Virgilio
domingo, 24 de junio de 2018

La casa de las rosas amarillas

La Escribana del Reino
M. E. Valbuena

Cada día, al venir del trabajo, paso por delante de una casa que, en su pequeño y cuidado jardín, tiene plantadas rosas amarillas. Con tanta lluvia y los ratos de calor de los que disfrutamos estos días, están exuberantes, luminosas, llamativas.

Es acercarme a esa casa y me cambian la cara y el ánimo.

Las rosas, a las que sólo les falta voz, me hablan (a mí y a cualquiera que se detenga a observarlas) de un montón de cosas.

Por ejemplo, de resistir al mal tiempo y a los contratiempos mostrando su belleza, a pesar de las sacudidas tormentosas a las que se ven expuestas en la intemperie.

Me hablan también de dejarse empapar por la lluvia, aceptándola como una bendición más, descubriendo todo lo bueno que puede aportar y mostrándose maravillosas debajo de un cielo encapotadamente gris.

Me hablan de esponjarse en el calor, exudando ese aroma que se percibe ya desde la esquina. Regalando su olor a los que pasamos cerca. Regalando su belleza.

Me hablan, desde la intensidad de su color amarillo, de la importancia de ser una rosa. Ni más ni menos. De poner color a los días y a los paisajes porque esa es su función. Tan peculiar y tan distinta cada una de ellas como aquella especial del Principito.

Ya nos lo cantaba Aute hace años: la rosa es bella por ser rosa, no porque en ella encierre una flor. No necesita ser nada más.

Aprendamos de las rosas, que tienen mucho que enseñar.

Tenemos 5 comentarios , introduce el tuyo:

  1. Es fantástico cómo me haces reflexionar sobre lo sencillos y lo efímero.
    GRACIAS

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  2. Precioso el escrito, como siempre. Lleno de ternura y sensibilidad.

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  3. Hay que saber mirar para poder ver.

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  4. Sabes observar tan bien; que hasta de una piedra, ( por muy pequeña y fea que sea), sacas una enseñanza. Pepi

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