No hay hombre más desdichado que el que nunca probó la adversidad.
Séneca
lunes, 2 de mayo de 2016

Ellas (I)

El rincón del optimista
Juan

A Felisa, mi madre, le gustaba decir que trabajaba en ‘el alambre’.
Era muy creativa, pero no tenía demasiados pájaros en la cabeza.
(*) Mayo es el mes de las flores, el de la Virgen María y también el de las madres y, por extensión, de las abuelas. Por eso dedicaré mis entradas del mes a recordar a mi madre y mis abuelas, comenzando por la primera, Felisa. Espero que me permitáis esta pequeña licencia. Optimista, si, pero primero persona. Esta es mi confesión a modo de homenaje. Espero no estropearos este lunes festivo.
Durante el día eran mis hermanos quienes te cuidaban, te daban de comer y te administraban las pastillas que tenías que tomar por la enfermedad que te consumía, ese cáncer de mama, el bicho maldito que llega sin avisar, sin dar explicaciones. Pero cuando llegaba la noche, cuando salía de trabajar, me esperaba la tarea más gratificante, la de aplicarte la crema hidratante por todo el cuerpo para evitar la aparición de las temidas llagas. Recuerdo tu piel, tus arrugas, los pliegues desde la frente hasta los pies. Guardabas silencio desde hacía meses y a mí siempre me quedó la duda de si no era un silencio voluntario, una lección de vida. Bien sabemos los dos que no son necesarias las palabras para comunicarnos y que el silencio es tan necesario en algunos momentos…
Reconozco que me sorprendía tu pérdida del pudor. Darte aquellos masajes de crema sobre la cicatriz del pecho que te cortaron, más bien pareciera que te lo habían arrancado, y sobre el otro que conservabas con un pezón casi escondido donde me reconocí haber estado enganchado de bien pequeñín durante horas y horas alimentándome de tu necesaria leche sabrosa y nutritiva. Y más crema sobre tus nalgas chupadas y muslos esqueléticos, rodillas prominentes, tibias ligeramente torcidas y pies con juanetes, donde nuevamente me reconocía con esa uña retorcida del dedo meñique que heredé…
Y entonces caí en la cuenta de que habíamos cambiado los papeles. Yo estaba haciendo de ti, lo que tú hiciste tantas veces conmigo. Sobre todo cuando te ponía el pañal para evitar que mojaras la cama, te vestía con el pijama, te levantaba en brazos y te acostaba con la cabeza bien levantada para facilitar la respiración, pues el bicho antes de atacarte cruelmente el cerebro se había alojado tan cómodamente en tus pulmones. Y luego te recitaba tu oración favorita, te besaba y te deseaba las buenas noches… si Dios quiere...
Siempre reconoceré que moriste por amor. Sí, ese amor inmenso que sentías por el tío Pepe, tu hermano, discapacitado para la sociedad, sabio-filósofo para nosotros, a quien te confiaron los abuelos antes de fallecer. Fue al morir Pepe en septiembre de 1999 cuando nos helaste el alma al confesarnos aquello de: “Ahora me toca a mí”. Y nos descubriste el pecho derecho arrugado por el tumor que sólo tú sabías desde cuándo habías empezado a notar. Lo primero era cuidar a Pepe, mimarlo y tras su muerte ya poder dedicarte el tema médico a ti. Pero el asunto estaba muy feo. Los reproches que te hicimos inicialmente la familia por no haber advertido antes de tu problema pasaron enseguida a acompañarte, a entenderte y a seguirte en tu proceso que, bien es cierto, llevaste con dignidad los 8 años que duró hasta el desenlace final, 8 años que nos sirvieron a quienes estábamos a tu alrededor a aprender día a día de tus grandes lecciones de humildad...
Y ahora nos vigilas a todos, nos cuidas con mayor eficacia que cuando tu cuerpo estaba con nosotros. Tu enorme energía, que tenías para regalar y ahora la has multiplicado, te permite tutelarnos desde tu nuevo estado, tu cómoda esfera universal que te permite al mismo tiempo atender a toda esa gente necesitada de la que también siempre estuviste tan pendiente. Mamá, sabes que te llevo conmigo hasta que me toque partir a mí también y nos podamos volver a abrazar. Hasta entonces seguiré hablándote y viéndote reflejada en la luna, tanto si brilla como si está oculta…
Y también te pido que eches una mano a los lectores del Teléfono de la Esperanza, pues recuerda que fue en los talleres específicos como el de la superación del duelo del Teléfono en León donde me enseñaron a escribirte y a comunicarme mejor contigo. Así podías echar un cable a quien necesite hablar y escuchar a sus ‘ausentes’ para que sientan el alivio y la tranquilidad que yo he experimentado, para que lleguen a convencerse de que una madre no muere NUNCA. ¡Ah, que ya lo estás haciendo! Claro, perdona, cómo pude dudar…
Hasta pronto mamá… o hasta que Dios quiera.
Asín sea.

Tenemos 6 comentarios , introduce el tuyo:

  1. ¡Qué vivan todas las MADRES!

    ResponderEliminar
  2. Lo que mas me resalta en este escrito optimista, es AMOR y del grande por ambas partes, por la de madre y por la de hijo, por la de enfermo y la de cuidador.
    Para nada me has estropeado este día festivo.
    OXO

    ResponderEliminar
  3. Qué importante es tener una madre en el cielo.

    ResponderEliminar
  4. Juan me ha encantado tu exposición, y me has emocionado, porque he pasado por estas vivencias también con mi madre.
    Hay situaciones en la vida que si no se pasan por ellas no se sabe todo lo que se recibe, y efectivamente, los SILENCIOS que de cosas nos transmiten. Yo ante todo y sobre todo CARIÑO, infinito CARIÑO....Pepi

    ResponderEliminar