La peor discapacidad es no darnos cuenta de que todos somos iguales.
Pedro Miguel Lamet
viernes, 15 de enero de 2016

27 horas

El rincón del optimista
Juan
¡Qué horror, he perdido mi teléfono móvil!
Hace poco tiempo perdí mi teléfono portátil, mi celular, mi preciado móvil. Cuando mi familia y amigos supieron de la pérdida se apresuraron en mostrarme sus sentimientos de pésame, como si lo que me hubiera ocurrido fuera una de las mayores desgracias que el ser humano puede padecer. Es cierto que cuando se te olvida el móvil en casa o cuando se queda sin batería tienes un sentimiento de inseguridad grande (esto al menos lo siento yo, sé que no todo el mundo), a pesar de que hace cuatro días que andamos a cuestas con estos artefactos, pero ya nos hemos convertido en ‘telefonodependientes’, la enfermedad del siglo XXI. ¡Pero si antes de que hubiera móviles vivíamos perfectamente, fijábamos citas con las personas, localizábamos a quienes queríamos localizar en un momento dado…! Pero, ay amigo, cuando te toca en primera persona…
Primero sufres al pensar que puedes perder toda la lista de contactos, teléfonos de amigos, familia, trabajo… Luego pasas por la tentación de aprovechar para desconectar y regresar a los tiempos aquellos en los que sobrevivíamos sin el diabólico aparatillo. Hasta intentas refugiarte en el ordenador y el correo electrónico para paliar esa sensación de aislamiento social. Pero la presión crece y crece en tu entorno poco a poco y, claro, acabé por sucumbir. Fueron ‘sólo’ 27 horas las que estuve incomunicado. ¡Vaya tranquilidad! Tenía tiempo para todo: desde contar nubes (no fotografiarlas) hasta leer poesía. Cuando fui a la tienda, el hábil dependiente tardó 15 minutos en hacerme una copia de la tarjeta, recuperando mi número de siempre, y gracias a que tenía los contactos sincronizados con el correo electrónico, allí aparecieron la mayoría de los teléfonos y emails que conservaba como preciado tesoro en el viejo móvil. No sé cuál es el motivo por el que algunos de ellos desaparecieron, sin posibilidad de recuperación. Y con otra desventaja, y es que al comprar un teléfono nuevo, éste es más grande y moderno, con lo que la tentación a indagar y a consultarlo es aún mayor, es decir, creo que tengo mayor dependencia que la que tenía antes de perder el viejo.
Moraleja: si quieres quitarte la adicción al móvil, no esperes a que se te pierda o que te lo roben; apágalo y pide a alguien que te lo guarde bien guardado o, directamente, pide ayuda psicológica. No te engañes, estamos atrapados y dominados por las máquinas y poco podemos hacer ya para evitarlo. Bueno, sí, empezar a reconocerlo.
Asín sea.

Tenemos 3 comentarios , introduce el tuyo:

  1. Cualquier dependencia que tengamos en nuestra vida no es buena para nuestra salud emocional. Juan con su exposición a mi me ha dado una idea para pensar si tengo dependencia; no solo con el móvil, si no con cualquier otro cosa o persona. Pepi te da las gracias.

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  2. El móvil tiene su parte muy positiva pero también negativa, está en nosotros mantener ese equilibrio y controlarnos con responsabilidad.

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  3. Me indigna que se de mas importancia al móvil que a una conversación o a un encuentro, me parece una falta de respeto.
    Zero.

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